El clima político en Brasilia se ha vuelto espeso para el Palacio del Planalto. Lo que hace meses era una ventaja de dos dígitos para Lula da Silva, hoy se ha transformado en un escenario de extrema paridad. El senador Flávio Bolsonaro registra un 47,6% de apoyo frente al 46,6% del actual presidente en un balotaje. Aunque la diferencia está dentro del margen de error, la tendencia marca un desgaste acelerado de la gestión oficialista, presionada por el ruido del "caso Banco Master" y un deterioro en las expectativas económicas.
El impacto del caso Banco Master ha sido demoledor para la narrativa del gobierno. Según el estudio de AtlasIntel, el 40% del electorado vincula directamente a los aliados de Lula con el escándalo, mientras que un 57% de los consultados califica la situación económica actual como "mala". Este pesimismo se traduce en una retracción del consumo: casi la mitad de los brasileños planea gastar menos en los próximos meses, un dato crítico para un presidente que basa su capital político en la mejora del bolsillo popular.
La marca Bolsonaro y la proyección internacional
Ante la inhabilitación judicial de Jair Bolsonaro, su hijo Flávio ha logrado ordenar a la derecha brasileña bajo su candidatura. Durante su reciente participación en la CPAC en Texas, Flávio fue presentado ante la derecha global como el próximo presidente de Brasil. "Mi padre me dio la mayor misión de mi vida: postularme en su lugar, y vamos a ganar", afirmó el senador, conectando su campaña con el universo ideológico de Donald Trump y nacionalizando el malestar doméstico bajo una lógica de polarización extrema.
Por su parte, Lula intenta recuperar la iniciativa a través de la agenda internacional y el multilateralismo. Su reciente ratificación del apoyo a Michelle Bachelet para la ONU —pese al rechazo del gobierno chileno de José Antonio Kast— busca mostrarlo como un líder de centro-izquierda articulador. Sin embargo, la derecha regional crece con un discurso más confrontativo que resuena con fuerza en un Brasil polarizado. Con seis meses por delante, la elección ya no se disputa solo por la gestión, sino por quién logrará imponer el tono de una pelea que hoy no tiene un favorito claro.