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INFORME EXCLUSIVO NUEVO DIARIO: Cuando el mercado se achica, el Estado tiene que agrandar el futuro

28/03/2026

La ampliación de los cupos de “Santiago Crece con Vos” no debe leerse como un gesto administrativo más, sino como una respuesta concreta frente a un país que expulsa, desalienta y posterga a sus jóvenes.

Por Xvier Ferrera Peña

En tiempos de desempleo creciente y horizontes rotos a nivel nacional, Santiago del Estero vuelve a mostrar que la planificación pública puede convertirse en una herramienta real de inclusión y trabajo.

En la Argentina de hoy, hablar de futuro se ha vuelto casi un acto de resistencia. No porque falten ganas, talento o vocación en los jóvenes, sino porque sobran señales de un presente roto. El mercado laboral nacional no ofrece certezas. El empleo no despega. La desocupación volvió a subir. Y, como casi siempre ocurre en las crisis, los primeros en pagar el costo de la intemperie son los más jóvenes. En el cuarto trimestre de 2025, la tasa de desocupación nacional trepó al 7,5%, mientras que entre las mujeres de 14 a 29 años alcanzó el 16,8% y entre los varones de esa misma franja llegó al 16,2%. Al mismo tiempo, el empleo asalariado privado registrado se ubicó en 6,20 millones en diciembre de 2025, con una caída mensual del 0,2%, y la Encuesta de Indicadores Laborales marcó para enero de 2026 una variación mensual de empleo de 0,0%, es decir, estancamiento puro.

Ese es el verdadero contexto en el que debe leerse la ampliación de cupos del programa Santiago Crece con Vos. No en el vacío. No como un eslogan. No como propaganda para la tribuna. Sino como una decisión política que entiende algo básico: cuando el mercado no absorbe, el Estado no puede mirar para otro lado. Y mucho menos cuando los que quedan al borde del camino son jóvenes a quienes se les pide esfuerzo, estudio y paciencia, mientras se les ofrece un país cada vez más estrecho.

Lo que hace Santiago del Estero con este programa merece una lectura seria. La propuesta oficial no se limita a una promesa abstracta sobre “capacitar para el futuro”. Tiene objetivos definidos: fortalecer la inclusión social, mejorar la empleabilidad, acompañar la terminalidad educativa y desarrollar habilidades técnicas, digitales y profesionales. En su primera etapa prevé impactar sobre 3.200 jóvenes de 18 a 35 años, con un estímulo mensual para gastos de traslado y materiales, y articula al Ministerio de Educación con la UNSE, la UCSE y el ITSE. Además, la oferta no se queda en el discurso bonito de la modernización: combina oficios tradicionales con áreas tecnológicas y digitales, desde construcción, mecánica, gastronomía y servicios, hasta programación, diseño web, logística y competencias digitales aplicadas al trabajo.

Ahí está, justamente, una de las claves de esta política pública: entiende que la salida laboral de una provincia no se construye despreciando los oficios ni tampoco negando el salto tecnológico. Hace ambas cosas a la vez. Forma para el trabajo real de hoy y prepara para el trabajo posible de mañana. No encierra a los jóvenes en una dicotomía falsa entre pala y pantalla. Les ofrece herramientas para ambos mundos. Y eso, en una Argentina donde demasiadas veces se declama futuro mientras se vacía el presente, vale mucho.

La nueva apertura de inscripciones desde el 30 de marzo, con cupos limitados y una oferta amplia para Capital y La Banda, ratifica además que no se trata de una iniciativa congelada en un lanzamiento, sino de un programa en expansión. Los cursos abarcan desde instalación sanitaria, carpintería, electricidad, reparación de aires acondicionados, gastronomía y auxiliar mecánico, hasta diseño e impresión 3D, automatización, redes informáticas, fotografía para redes, atención al cliente, ventas y finanzas para emprendedores. Es decir, una combinación concreta entre economía popular, servicios, producción y nuevas demandas del mercado.

En contraste, a nivel nacional lo que se percibe es otra lógica. Una lógica donde el ajuste se presenta como virtud en sí misma, aunque deje un tendal humano en el camino. Una lógica que parece creer que el mercado, por sí solo, tarde o temprano ordenará lo que hoy destruye. Pero mientras ese supuesto orden llega, miles de jóvenes viven en una sala de espera sin trabajo, sin experiencia, sin redes y, peor aún, sin horizonte. Porque el drama no es solamente el desempleo. El drama es la pedagogía del desaliento. Que un chico o una chica empiece a convencerse de que estudiar no alcanza, que capacitarse no sirve, que el esfuerzo no encuentra puerta de entrada.

Por eso este tipo de programas tienen un valor político y social mucho más profundo que el de una simple política educativa. Son una forma de intervenir sobre el ánimo colectivo. De decirles a los jóvenes que el Estado todavía puede ofrecer una mano organizada, una ruta, una posibilidad concreta de incorporarse a una economía lastimada. No resuelven por sí solos el drama laboral argentino, claro que no. Ningún programa provincial, por ambicioso que sea, puede compensar completamente el efecto de una economía nacional que achica consumo, enfría actividad y no genera suficiente empleo nuevo. Pero sí puede hacer algo decisivo: evitar que una generación entera quede librada a la resignación.

Hay, además, un dato silencioso pero decisivo: cuando un Estado invierte en capacitación en medio de una crisis, no solo mejora la empleabilidad, también contiene socialmente. Evita que la frustración se transforme en desarraigo, en changa perpetua, en dependencia o en abandono. Cada joven que entra a un trayecto formativo serio, con respaldo institucional y orientación concreta hacia el trabajo, es también un joven que recupera autoestima, disciplina, pertenencia y perspectiva. Y en una época donde la incertidumbre se volvió norma, devolverles sentido y dirección a miles de chicos no es un detalle secundario: es una de las formas más nobles y más inteligentes de gobernar.

Y ahí Santiago del Estero viene mostrando una diferencia de enfoque. Mientras desde la Nación se administra la escasez con una frialdad contable, la provincia parece optar por una lógica de inversión social estratégica. No para regalar expectativas, sino para construir capacidades. No para amontonar certificados, sino para vincular formación con trabajo, capacitación con producción, conocimiento con salida laboral. Esa es la distancia entre un Estado que declama y un Estado que gestiona.

Porque, al final, gobernar también consiste en decidir dónde poner la energía pública en tiempos de crisis. Se la puede poner en el recorte y en el repliegue, dejando que cada uno se las arregle como pueda. O se la puede poner en abrir cursos, ampliar cupos, tejer alianzas con universidades e institutos, sostener estímulos económicos y apostar a que la formación todavía puede cambiar destinos. Santiago del Estero, con “Santiago Crece con Vos”, eligió lo segundo. Y en este tiempo áspero, esa no es una decisión menor. Es una definición de provincia.

Cuando la Nación ofrece ajuste como única doctrina, la provincia responde con capacitación, articulación institucional y una mirada de largo plazo. Cuando el mercado laboral se vuelve una puerta cerrada, Santiago intenta al menos dar las herramientas para golpearla con más fuerza. Y cuando tantos jóvenes sienten que el país les queda lejos, estas políticas les recuerdan que todavía hay un Estado dispuesto a discutirles el futuro a la crisis.

Porque el futuro no aparece solo. Se planifica. Se financia. Se enseña. Se acompaña. Y en una Argentina donde demasiados gobiernos nacionales parecen haber renunciado a construir horizontes, que una provincia decida hacerlo no es marketing: es responsabilidad histórica.

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