La mañana del 11 de septiembre de 2001 encontró a 19 terroristas distribuidos en cuatro vuelos comerciales de Estados Unidos. Pero el ataque que pocas horas después cambiaría al mundo no había comenzado ese día. Durante meses, varios de los secuestradores habían aprendido a volar, abierto cuentas bancarias, recorrido aeropuertos y realizado viajes de reconocimiento sin despertar las alertas suficientes. La investigación posterior estimó que Al-Qaeda necesitó entre US$400.000 y US$500.000 para ejecutar el plan.
En la madrugada de aquel martes, Mohamed Atta salió de Portland, Maine, acompañado por Abdul Aziz al-Omari. Volaron hasta Boston y allí abordaron el American Airlines 11 con destino a Los Ángeles.
Atta ya llevaba más de un año entrando y saliendo de Estados Unidos. Había llegado por primera vez el 3 de junio de 2000, procedente de Praga, y tenía un objetivo concreto: aprender a pilotar aviones.
Se instaló en Florida, asistió a escuelas de aviación, consiguió licencias y posteriormente entrenó en simuladores.
A las 8.46 del 11 de septiembre de 2001, pilotó el Boeing 767 del vuelo 11 contra la Torre Norte del World Trade Center.
Era apenas el comienzo.
Cuatro aviones convertidos en armas
A las 9.03, Marwan al-Shehhi estrelló el United Airlines 175 contra la Torre Sur. El segundo impacto fue observado en directo por millones de personas y confirmó que Estados Unidos estaba bajo ataque.
Hani Hanjour tomó el control del American Airlines 77, que terminó impactando contra el Pentágono.
El cuarto grupo, encabezado por Ziad Jarrah, secuestró el United Airlines 93.
Allí el plan no pudo completarse. Después de conocer mediante comunicaciones telefónicas lo ocurrido con los otros vuelos, pasajeros y tripulantes intentaron recuperar el control del avión.
La aeronave terminó estrellándose en Shanksville, Pensilvania, antes de alcanzar Washington. La investigación posterior señaló al Capitolio o la Casa Blanca como posibles objetivos.
Los atentados provocaron 2.977 muertes, sin contabilizar a los 19 secuestradores: 2.753 personas murieron en Nueva York, 184 en el Pentágono y 40 a bordo del vuelo 93.
Aprendieron a volar dentro de Estados Unidos
Uno de los aspectos que más impactaría posteriormente a los investigadores fue que una parte sustancial de la preparación se había desarrollado dentro del propio territorio estadounidense.
Atta, al-Shehhi y Jarrah, integrantes de la denominada “célula de Hamburgo”, pasaron meses en el país.
Alquilaron vehículos, abrieron cuentas bancarias, viajaron entre diferentes estados, estudiaron aeropuertos y aviones y se anotaron en escuelas de aviación.
Atta y al-Shehhi visitaron primero una escuela en Oklahoma y posteriormente ingresaron a Huffman Aviation, en Venice, Florida.
A fines de julio de 2000 ya realizaban vuelos solos. Hacia mediados de agosto aprobaron los exámenes para obtener sus licencias privadas y, antes de terminar el año, habían conseguido certificados de piloto comercial.
Después comenzaron a entrenarse en simuladores de aeronaves de mayor porte.
Jarrah realizó un proceso similar en otro establecimiento de Florida.
Hanjour tenía todavía más experiencia: había vivido anteriormente en Estados Unidos y ya había obtenido un certificado de piloto comercial antes de ser incorporado al operativo.
Entre US$400.000 y US$500.000
La dimensión de los ataques contrastó con el dinero utilizado para prepararlos.
La Comisión del 11-S calculó posteriormente que Al-Qaeda gastó entre US$400.000 y US$500.000 para financiar toda la operación.
El dinero llegó mediante transferencias y efectivo y circuló, en buena medida, a través del sistema financiero convencional.
Ali Abdul Aziz Ali, también conocido como Ammar al-Baluchi y sobrino de Khalid Sheikh Mohammed, transfirió desde Dubái más de US$100.000 a Atta y al-Shehhi durante 2000, según la reconstrucción de la investigación.
La clave era precisamente esa: realizar movimientos que individualmente parecieran cotidianos y evitar sobresalir.
Vuelos de reconocimiento antes del ataque
Los integrantes de la operación no se limitaron a aprender a pilotar.
También realizaron viajes en vuelos comerciales para familiarizarse con rutas, aeropuertos y procedimientos de seguridad.
El plan aprovechó vulnerabilidades existentes en la aviación comercial de aquel momento.
Otro elemento cuidadosamente seleccionado fueron los vuelos: los conspiradores eligieron servicios transcontinentales, que despegaban con una gran cantidad de combustible debido a la distancia que debían recorrer.
Durante el verano boreal de 2001 comenzó la etapa definitiva de la operación.
Atta coordinó la llegada de los diferentes integrantes y la formación de los cuatro grupos.
Una reunión clave en España
En julio de 2001, Atta viajó a España y se reunió con Ramzi Binalshibh, uno de los principales enlaces entre los integrantes que estaban en Estados Unidos y la conducción de Al-Qaeda.
Allí discutieron objetivos, tiempos y detalles de la operación.
Según la reconstrucción posterior, Atta y al-Shehhi quedaron destinados al World Trade Center; Hanjour, al Pentágono; y Jarrah, a un objetivo en Washington.
Entre los posibles blancos de la capital estadounidense aparecieron la Casa Blanca y el Capitolio.
Para agosto, el operativo había entrado en su última etapa.
Los pasajes para los 19 integrantes fueron reservados y comprados entre el 25 de agosto y el 5 de septiembre.
Un plan que había comenzado años antes
La idea original era todavía más antigua.
De acuerdo con la Comisión del 11-S, Khalid Sheikh Mohammed propuso a Osama bin Laden en 1996 utilizar aviones secuestrados para atacar objetivos dentro de Estados Unidos.
Con los años, aquella propuesta fue tomando forma hasta convertirse en la operación que finalmente se ejecutaría en septiembre de 2001.
Khalid Sheikh Mohammed quedó señalado como uno de los principales arquitectos del complot, mientras que Bin Laden aprobó la operación y participó en decisiones estratégicas.
La última noche antes del 11-S
Para el 10 de septiembre, prácticamente todo estaba preparado.
Los diferentes grupos se encontraban repartidos en hoteles de la costa este estadounidense, cerca de los aeropuertos desde donde despegarían sus vuelos.
Atta había llegado a Boston el 9 de septiembre. Al día siguiente buscó a al-Omari y ambos condujeron hasta Portland, Maine, por motivos que las investigaciones posteriores no lograron establecer con certeza.
Comieron, realizaron algunas compras y retiraron dinero.
A la mañana siguiente tomaron un pequeño vuelo hasta Boston.
Allí subieron al American Airlines 11.
Meses de viajes, entrenamientos, movimientos bancarios y reconocimientos habían transcurrido sin que las autoridades lograran conectar las piezas a tiempo.
La propia Comisión del 11-S sintetizaría posteriormente una de las conclusiones más duras de su investigación: “la nación no estaba preparada”.
A las 8.46 de aquella mañana, el primer avión golpeó la Torre Norte.
Horas después, el mundo ya era otro.






