Por Ariel Sequeira
Desde antes de llegar a la presidencia de la Nación, Javier Milei expuso su admiración por la figura de Margaret Thatcher -quien fuera primera ministra del Reino Unido desde 1979 a 1990-, acarreando el repudio de una parte del electorado argentino por la connotación directa de la política británica con el hundimiento del ARA General Belgrano durante la Guerra del Atlántico Sur. Aunque como reza el viejo adagio: que el árbol no tape el bosque… El sincericidio mileísta desde luego no estaba atado a la historia bélica de la Dama de Hierro, sino por el contrario a la estrategia política desplegada por la líder del Partido Conservador inglés. Antes de analizar aspectos reveladores de las políticas tacheristas, es importante recordar que los libertarios suelen esgrimir en defensa de su líder la siguiente admonición: “Milei hace lo que dijo en campaña que iba a hacer”. En realidad el núcleo del problema no es que el presidente respete a rajatabla sus dichos, sino que la gente, el electorado, no supo leer entre líneas lo que está llevando a cabo -su política de gobierno- como presidente de la Nación.
Casi cuatro décadas después del “reinado” de Thatcher, no hay historiador con base económica que no acepte el profundo costo social y económico que dejó el régimen tacherista, señalando como los puntos más nefastos el desempleo masivo, la destrucción de la industria, el aumento drástico de la desigualdad y el debilitamiento drástico del Estado de bienestar social británico. Aunque el mayor impacto fue el masivo desempleo que campeó durante esos años. Las altas tasas de interés y una libra fuerte destruyeron gran parte de la industria manufacturera, elevando el desempleo a cifras récord durante los años 80.
Thatcher puso especial énfasis durante su gestión en atacar a los sindicatos. Fue más que enconado su accionar represivo contra las huelgas, particularmente la desatada contra los mineros entre 1984 y 1985. Esta política de persecución contra los gremios quebró el poder sindical y dejó regiones enteras sumidas en la pobreza y la falta de perspectivas. Los diez años consecutivos de tacherismo aumentaron la desigualdad. La brecha entre ricos y pobres creció considerablemente, desplazando la riqueza hacia los sectores financieros y perjudicando a la clase trabajadora y a las zonas periféricas. Alguna similitud de la política mileísta con el tacherismo no es mera coincidencia, sino consecuencia inevitable cuando se hiere de muerte a la industria, se pisan los salarios, se constriñen los bolsillos con los altos costos de los servicios y se provoca un extremo endeudamiento nunca antes visto en el país.
Otra consecuencia del tacherismo fue la crisis habitacional. Durante aquellos años la masiva venta de viviendas públicas (council houses) sin planes de reemplazo generó problemas estructurales de acceso a la vivienda a largo plazo. De esta manera se fueron escalonando otras medidas de desgaste social, como los recortes drásticos al gasto público que afectaron los cimientos del Estado de bienestar, debilitando la sanidad y la educación estatales. Desde que asumió Milei a la presidencia de la Nación, no se construyó ni una casa más. No se lanzaron nuevos planes de vivienda con financiamiento o ejecución directa del Estado nacional. Por el contrario, la gestión actual eliminó y desfinanció los programas habitacionales nacionales existentes -como el Plan Procrear y Casa Propia-, transfiriendo los proyectos inconclusos a las provincias y municipios o disponiendo la liquidación de sus activos. Y ni que hablar de la educación, dado que a todas luces está claro que los libertarios pretenderían privatizar las universidades, como punto de partida en esa materia.
Esto no termina ahí en cuanto a comparaciones del tacherismo con el mileísmo. La administración de la Dama de Hierro centró su política en la paralización y el cierre de la obra pública con fondos federales, bajo el argumento de lograr equilibrio fiscal y déficit cero. Aquí el paralelismo es patético: Milei paralizó toda la obra pública con la excusa del equilibrio fiscal…
Algún inadvertido dirá que esos ajustes dramáticos e incluso terminales sirvieron para ordenar Inglaterra, pero no, no fue así. Como dato esclarecedor cabe destacar que en su intento por imponer un impuesto comunitario uniforme (poll tax) que cobraba lo mismo a ricos que a pobres, provocó revueltas masivas y aceleró su caída política en 1990. Tras la debacle del tacherismo, sobrevino la sucesión de John Major que fue más de lo mismo, hasta el advenimiento de Tony Blair, que compuso el rumbo de las islas británicas. Hay que recordar que el líder laborista en algún momento fue comparado con Juan Domingo Perón… Así como Perón planteó la “Tercera Posición” frente al capitalismo y al comunismo, años más tarde, Blair impulsó el New Labour y la “Tercera Vía”, buscando un punto medio donde el Estado cooperara con el mercado en lugar de ser totalmente ausente o absoluto.






