Por Ariel Sequeira
Distintos analistas advierten por estas horas que el gobierno de la Nación, ante la caída en picada de la imagen de Milei entre los votantes, habría aceptado muy a su pesar que su plan económico no estaría funcionando. Este supuesto reconocimiento de la realidad mostraría dos caras: por un lado una sociedad empobrecida y acuciada por deudas y por el otro un Milei sumamente enojado. ¿Enojado con quién? Según sus propias palabras, “con el mundo porque nadie lo comprende”. Con este panorama estarían asomando los primeros indicios de reacción, cuyo ejemplo más notorio habría sido en los últimos días un ministro de Economía -léase Toto Caputo- hablando de justicia social, apelando así a una definición que hasta hace algunas horas era poco menos que una mala palabra.
Entre los últimos impulsos libertarios, como se recordará, una vez más el ministro de Economía, al referirse a la situación de los morosos incobrables, soltó una sentencia lapidaria que definió al actual gobierno en cuerpo y alma: “Es un problema entre privados, nosotros no tenemos nada que ver”. Sin embargo, acuciado por esas encuestas en las que nadie cree, Milei y su tropa estarían redefiniendo y revisando sus medidas más cerradas para mejorar la imagen del gobierno. Más allá de esta estrategia, los analistas aseguran que no sería más que maquillaje electoral.
Una de las herramientas a las que apelaría para ese fin sería decretar un salario mínimo de poco más de un millón de pesos. El contraste es indudable y habla de un revisionismo interesado que trataría de llevar adelante, teniendo en cuenta que uno de los puntos de apoyo del actual plan de Milei serían los salarios pisados y la suspensión de las paritarias para controlar la inflación. Dicha medida se daría a conocer desde la Secretaría de Trabajo de la Nación, que estaría negociando con las distintas cámaras. Estos serían los pasos necesarios para el denominado salario mínimo garantizado.
Hoy por hoy, el gobierno de la Nación parece moverse por el terreno de la paradoja, dado que -una vez más- su ministro Caputo, hace menos que poco, habló de la necesidad de reactivar la economía del país. He aquí la madre de todas las contradicciones, dado que fue el “Toto” quien anunció en su momento que el país, por estos días, debería estar transitando parte de los mejores 18 meses de toda la historia del país. Vale la pregunta: ¿Por qué reactivar una economía que funciona bien? La lógica nos dice que no sería necesario reactivar algo que funciona y menos si funciona bien.
Es más que obvio que tanto Caputo como Milei advierten que las cosas no estarían funcionando bien, sobre todo para los asalariados y la clase media -además de la industria, el comercio, los jubilados, los discapacitados, los universitarios y los enfermos de cáncer-, de allí la intención de salvar los salarios que se arrastran por el piso en el país. Sin embargo, todo no terminaría con la cuestión salarial, porque además el gobierno tomó medidas con la ANSES, instrumentando préstamos hipotecarios. A todas luces, el presidente que aseguraba que el Estado debería mostrarse prescindente de las necesidades de la gente, en contradicción con sus propios dogmas, acepta intervenir en salarios y préstamos a favor supuestamente de la gente.
En las últimas horas en el Gran Diario Argentino, el periodista Walter Schmidt reconoce, no sin cierta ironía, que, de acuerdo a estas últimas medidas, el Estado no sería tan malo para otorgar aumentos salariales y préstamos hipotecarios. Es importante señalar que en el ítem préstamos se habría modificado el modelo de inversión del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) para préstamos más accesibles a través de los bancos, utilizando la plata de las jubilaciones para construir viviendas… Así, de planchar los salarios para contener la inflación, el gobierno nacional dará un oxígeno que seguramente tendrá como primera repercusión “algún sobresalto inflacionario”.
Es indudable, sin analizar en profundidad, que el gobierno mileísta no estaría negando el problema que subyace en su estructura económica. Al fin Milei, o sea su gobierno, estaría reconociendo una realidad que los indicadores vendrían mostrando desde hace varios meses. La única verdad es la realidad: la economía no crece como prodigan su vocero y allegados. Alguna vez un presidente riojano -Carlos Saúl Menem- le decía a los argentinos: “Estamos mal pero vamos bien…” En el presente es indudable que estamos mal, pero contrariamente a los “mejores” años neoliberales, nadie apostaría que vamos bien.
A todas luces queda claro que no se trata de un reposicionamiento político del gobierno mileísta; no, es un poco de barniz, mera cosmética, porque la imagen del presidente cae por un tobogán sin freno, los votos se evaporan y, según voces en los pasillos de la Rosada, ya no estarían alcanzando ni para una segunda vuelta.






