El calendario civil y escolar abre paso a una de las semanas más significativas para el sentimiento patriótico del país. Este lunes 18 de mayo, millones de ciudadanos comienzan a lucir la escarapela del lado izquierdo del pecho, una tradición que sirve de antesala para la conmemoración de la Revolución de Mayo el próximo 25 de mayo. Sin embargo, la trayectoria histórica de este distintivo encierra particularidades que modifican las versiones más difundidas de la historiografía popular.
La instauración de la efeméride actual se fijó en el año 1935, cuando el entonces Consejo Nacional de Educación determinó que el 18 de mayo fuera la fecha oficial para rendirle homenaje en los establecimientos escolares y en la sociedad civil. No obstante, el reconocimiento político de la escarapela se produjo originalmente el 18 de febrero de 1812, cuando el Primer Triunvirato dio luz verde al uso de los colores blanco y azul celeste.
El pedido estratégico de Manuel Belgrano
El origen del símbolo no respondió a un acto meramente ornamental, sino a una estricta necesidad militar y logística en el frente de batalla. El 13 de febrero de 1812, el general Manuel Belgrano elevó una solicitud formal al gobierno revolucionario para implementar un distintivo uniforme destinado a sus soldados.
En pleno desarrollo de la guerra de la independencia, los diferentes cuerpos del ejército de las Provincias Unidas portaban insignias de diversos colores, lo que generaba severas confusiones tácticas y dificultades para diferenciarse de las tropas realistas españolas. Belgrano buscaba resolver ese problema operativo y, al mismo tiempo, sembrar un componente de identidad visual que cohesionara a las fuerzas criollas bajo una misma causa.
Desmitificando el 25 de mayo de 1810
La investigación histórica moderna ha revisado el mito escolar que señala a Domingo French y Antonio Beruti repartiendo cintas celestes y blancas frente al Cabildo de Buenos Aires durante las jornadas revolucionarias de 1810. Los especialistas aclaran que en aquella histórica semana las cintas distribuidas fueron de color blanco, empleadas como señal de concordia y unión entre los residentes criollos y españoles, y que la configuración bicromática actual nació formalmente dos años después por la iniciativa de Belgrano.
Respecto a la elección del celeste y el blanco, conviven diversas hipótesis científicas y culturales:
Inspiración religiosa o natural: La corriente tradicional adjudica la elección a la observación del cielo o a los pliegues del manto de la Virgen de Luján.
Estrategia política: Otra perspectiva histórica argumenta que se adoptaron las tonalidades de la Casa de Borbón (la dinastía del monarca Fernando VII). Los revolucionarios habrían utilizado dichos colores como una muestra de aparente fidelidad al rey cautivo, una maniobra diplomática conocida como la "máscara de Fernando" destinada a ganar tiempo mientras se consolidaba el proceso de emancipación.





