Por Gabriel Alvarez:
Moneda al aire, barajar y dar de nuevo. La política argentina cerró una semana frenética donde la única certeza parece ser la distancia sideral entre la agenda del poder y las urgencias de la calle. En ese laberinto de ruidos, el índice de inflación de abril del 2,6% funcionó como un respirador artificial para un ecosistema social que venía asfixiado por una inercia ascendente y peligrosa.
No es para descorchar champán, y es sano que desde la propia cúspide del Ejecutivo se reconozca que festejar este número es, en el fondo, la validación de un fracaso estructural. El 2,6% mensual sigue siendo una anomalía si miramos a la región: es casi la inflación anual de nuestros vecinos. Países como Perú, Chile, Uruguay o Paraguay han demostrado que se pueden capear temporales institucionales y desquicios políticos sin dinamitar la estabilidad de la moneda ni el bolsillo diario de los ciudadanos. Para la Argentina, romper la barrera del 3% y el 2% suele ser una trampa histórica de la que cuesta años salir —el espejo de Uruguay e Israel en sus respectivas crisis así lo demuestra—, pero este quiebre de tendencia, al menos, aleja el fantasma de un plan económico ahogado antes de tiempo.
Sin embargo, el alivio estadístico no logra tapar el barro de la gestión. El gobierno ha acumulado demasiados tiros en los pies desde aquella fallida semana en Nueva York. La paz inflacionaria convive con un frente interno cada vez más desgastado por la falta de explicaciones claras y los ruidos de pasillo. El derrotero judicial y patrimonial que hoy acecha al entorno del Jefe de Gabinete, Manuel Adorni —con investigaciones que ya salpican a su hermano y expedientes que van desde las criptomonedas hasta viajes a Gualeguaychú—, lo han transformado dentro del propio oficialismo en una figura aislada, sostenida casi exclusivamente por el anillo de hierro presidencial.
A este escenario de opacidad se le suman los errores de simbología. En un país donde la línea de la pobreza exige ingresos de 1.400.000 pesos y donde asegurar las cuatro comidas diarias es una quimera para millones, la imagen de un diputado ingresando al Congreso en un Tesla de 130.000 dólares es, como mínimo, una provocación estética. El argumento oficial de que "si la plata es blanca, no pasa nada" peca de una preocupante ceguera frente a la ejemplaridad que demanda la crisis. La legalidad no siempre exime de la falta de tacto.
Pero si el oficialismo trastabilla en el barro de sus propias contradicciones, la oposición no ofrece un espectáculo superador. El conflicto universitario es el vivo ejemplo de un país estancado: tras la masiva movilización presupuestaria, el diálogo prometido quedó congelado en la nada misma. Lo que abunda, en cambio, es el oportunismo político. Resulta difícil no asombrarse ante la amnesia colectiva del kirchnerismo, que hoy se calza la remera de la defensa docente olvidando que, no hace tanto, su propia conductora, Cristina Fernández de Kirchner, fustigaba públicamente a los gremios por sus jornadas de cuatro horas y sus tres meses de vacaciones mientras los alumnos perdían días de clase. El acting actual de la oposición parece más un ejercicio de supervivencia que una defensa genuina de la educación pública.
El colmo de esta desconexión quedó evidenciado en el reciente acto de Axel Kicillof. En lugar de discutir un proyecto alternativo de país o un plan económico superador, el clamor de la tribuna se redujo a la consigna de "Cristina Libre". La propuesta de alternativa al gobierno actual parece reducirse a condicionar al gobernador bonaerense para que, ante un eventual regreso al poder, su primer acto oficial sea un indulto. El riesgo de tropezar dos veces con la misma piedra y parir otro "Alberto Fernández" está a la vista de todos.
Termina una semana compleja. Entre los escándalos de Adorni, los autos de lujo en el Congreso, las sobreactuaciones opositoras y las consignas de impunidad, la Argentina sigue discutiendo lo intrascendente. Que el único dato alentador provenga de una economía todavía enferma es el fiel reflejo de nuestras prioridades invertidas. Ojalá la próxima semana nos encuentre discutiendo cómo crecer, y no simplemente cómo evitar el abismo.






