¿Por qué después de todo un día aparecen esas ganas difíciles de controlar de comer algo dulce, abrir la heladera o comenzar a picotear? La licenciada en Nutrición Luz Gerez Carabajal visitó este jueves los estudios de Radio LV11 para su columna habitual en A Primera Hora y planteó que detrás de los antojos nocturnos pueden existir diferentes factores: desde hambre real hasta estrés, falta de descanso, hábitos o una alimentación poco organizada durante el día.
La profesional comenzó desterrando una idea habitual: no necesariamente se trata de falta de voluntad.
“Muchas veces hay factores que repercuten en esta elección”, explicó.
Uno de ellos puede ser saltear comidas. Según señaló, pasar muchas horas sin comer puede hacer que la persona llegue a la tarde o la noche con un hambre mucho más intensa y le resulte más difícil regular lo que consume.
“Si yo no desayuno, puedo llegar a determinada comida, tal vez no al almuerzo sino a la merienda o la cena, con un hambre voraz y no poder controlar lo que tengo en mi plato”, ejemplificó.
¿Por qué dan ganas de comer dulce a la noche?
Gerez Carabajal mencionó también el estrés y las emociones.
Una comida que resulta placentera puede generar bienestar momentáneo, pero eso no significa necesariamente que exista hambre fisiológica.
Por eso propuso hacerse una pregunta antes de ir directamente a buscar algo para comer: “¿Qué he hecho a lo largo de mi día para que esto ocurra?”.
La respuesta puede encontrarse en diferentes situaciones: haber salteado una comida, comer de manera incompleta, atravesar una jornada estresante o incluso haber dormido pocas horas o descansado mal.
La nutricionista explicó que el sueño también se relaciona con mecanismos que participan en la regulación del apetito y la saciedad, por lo que un descanso insuficiente puede alterar las señales que ayudan a regular la ingesta.
También destacó la importancia de realizar comidas suficientemente completas. Un café solo, por ejemplo, no necesariamente brindará la misma saciedad que un desayuno que incorpore otros alimentos.
Hambre real, emocional y hasta por costumbre
Otro de los puntos de la columna estuvo relacionado con aprender a reconocer qué está provocando el deseo de comer.
Hay situaciones en las que el cerebro termina asociando determinadas actividades con alimentos: sentarse en el sofá a mirar una serie y picotear, comer siempre un postre después del almuerzo o buscar algo dulce cuando aparece el aburrimiento.
“Eso no significa que yo tenga hambre, sino que es un patrón alimentario que tengo instaurado hace mucho tiempo”, explicó.
También diferenció el hambre fisiológica de lo que denominó hambre emocional.
“Muchas veces las emociones repercuten en nuestras decisiones. En este caso, no sería un hambre real en sí, sino un hambre emocional”, señaló.
Según explicó, una pista puede aparecer cuando el deseo disminuye al cambiar de actividad: salir a caminar, hablar con alguien, darse una ducha, realizar alguna tarea o simplemente ocupar la atención en otra cosa.
También mencionó el componente hedónico, cuando determinados olores, imágenes o estímulos despiertan ganas de comer aunque el organismo no esté reclamando alimento.
¿Hay que prohibirse el antojo?
Para Gerez Carabajal, un antojo ocasional no debería convertirse automáticamente en culpa.
“Si son ocasionales y yo puedo controlar la porción, no hay problema”, sostuvo.
El punto a observar aparece cuando la conducta se vuelve frecuente o resulta difícil regular la cantidad consumida.
En esos casos, especialmente cuando intervienen ansiedad o estrés de manera persistente, señaló la importancia de un abordaje interdisciplinario que pueda incluir nutrición y psicología.
Si aparece un antojo puntual, propuso evitar una lógica de prohibición absoluta: comer una pequeña cantidad, hacerlo conscientemente y sin pantallas, y luego regresar normalmente a los hábitos habituales.
El círculo que conviene evitar
La especialista también advirtió sobre una secuencia bastante habitual: comer demasiado durante la noche, sentirse pesado o culpable, levantarse sin apetito, saltear el desayuno y terminar nuevamente llegando con demasiada hambre a otra comida.
Así puede generarse un círculo de restricción, exceso y culpa.
La propuesta, explicó, no consiste en eliminar para siempre aquellos alimentos asociados al placer, sino en incorporarlos de manera consciente y aprender a identificar qué está pidiendo realmente el cuerpo.
Comer con mayor atención, mantener cierta organización durante el día, dormir adecuadamente y realizar actividad física son algunas de las herramientas generales que mencionó durante su columna.
La pregunta central que dejó Luz Gerez Carabajal en A Primera Hora fue sencilla: antes de culparse por abrir la heladera a la noche, conviene preguntarse si realmente hay hambre o si detrás de ese impulso existe cansancio, estrés, aburrimiento, una costumbre o una jornada de comidas insuficientes.






