Por Gabriel Alvarez:
Hay un ranking que no sale en los diarios deportivos, pero que duele más: la de los funcionarios que le faltan el respeto a la mayoría de los argentinos. No es política, es una radiografía de la decadencia. Vivimos en un país fundido por la mala administración, la emisión descontrolada y la corrupción, pero lo más grave es el reflejo. Hoy, muchos de los que gobiernan se miran en el espejo de los funcionarios del ayer, esos que hoy están presos o procesados y parecen no notar la diferencia.
En la Argentina, el concepto de "poner el hombro" parece ser solo un eslogan del gobierno libertario para el ciudadano. Mientras se pide sacrificio, Manuel Adorni suma disgustos con alquileres de 21.000 dólares que no cierran en la narrativa de la austeridad. Al mismo tiempo, en Tucumán, el gobernador Osvaldo Jaldo adquiere una propiedad de 300.000 dólares en Tafí del Valle amparado en un régimen local que permite esconder las declaraciones juradas.
¿Desde cuándo lo público dejó de ser público? La última declaración conocida del gobernador es de 2016. Esta falta de transparencia es el caldo de cultivo donde la política se muerde la cola: figuras como Miguel Ángel Pichetto terminan naturalizando la corrupción, sugiriendo que lo que le pasó a unos le pasará a otros, como si el saqueo fuera una tradición nacional inevitable.
La desconexión llega a su punto máximo en la cochera del Congreso. El diputado Manuel Quintar exhibe un Tesla de más de 150.000 dólares. No se trata de atacar la propiedad privada ni de militar la indigencia, porque lejos estoy de las posturas extremistas, se trata de la estética del poder.
Es una bofetada que un funcionario estacione un vehículo que cuesta una fortuna en un país donde, a diez metros de su banca, la gente duerme en la calle y suplica por una baja de dietas. El diputado dice que trabaja desde los 13 años y puede comprárselo; pero el problema no es su billetera, es su falta de pudor frente a una sociedad que ya no aguanta más "formas" vacías.
Mientras unos acumulan dólares y fierros importados, la Argentina verdadera saltea comidas. La contracara del Tesla de Quintar y la mansión de Jaldo es la imagen brutal de un jubilado confesando en televisión que ya no cena. Que su dieta se resume a un almuerzo abundante y un sándwich a la noche para "engañar" al estómago.
Esta es la tragedia que marca UNICEF: chicos que no completan las cuatro comidas y millones que dependen de una canasta de alimentos básica que cada vez alcanza para menos.
Lo que falta en Argentina es un punto igualitario de ética. Necesitamos una Oficina Anticorrupción que dé vuelta a cada político, que nos muestre de qué viven y cómo viven.
Hoy sobran dólares en los bolsillos de la dirigencia y falta empatía en sus corazones. La desigualdad no es solo económica; es moral. Mientras el funcionario progresa a pasos agigantados, el argentino de a pie sigue poniendo el pecho a una crisis que, para los que mandan, parece ser solo un paisaje que miran desde el vidrio polarizado de un auto de lujo.






