Patricia Bullrich ha vuelto a sacudir la modorra de un gobierno que, entre el fanatismo digital y la parálisis interna, parece haber olvidado que la política se nutre de realidades y no solo de lealtades ciegas. No es una principiante buscando la aprobación del jefe ni una empleada a sueldo de las formas de Mauricio Macri; es una mujer con la autonomía suficiente para entender que, a veces, la mejor forma de defender a un presidente es desafiando su terquedad. Lo que hoy vemos con el caso de Manuel Adorni es el fiel reflejo de lo que ya ocurrió con José Luis Espert: un mandatario que se atrinchera en Olivos blindando a su profesor mientras el sentido común afuera dicta una sentencia distinta. Aquella película terminó con la capitulación del preferido y la entrada de Diego Santilli, y hoy Bullrich parece ser la única dispuesta a advertir que el guion se está repitiendo de manera casi idéntica.
Resulta inverosímil que un gobierno que hace de la incorrección política su bandera se convierta de repente en un respetuoso guardián de la burocracia judicial para no dar explicaciones sobre los dedos sucios de sus propios funcionarios. Si el Javier Milei que vive online y no perdona un posteo tuviera en su poder los documentos que justifican los 14 millones en muebles o los contratos de 245 mil dólares, ya nos habría inundado las redes con pruebas irrefutables. El silencio documental y la espera agónica hasta el 30 de julio no son señales de respeto a la norma, sino síntomas de una debilidad que frena el país justo cuando los bonos suben y la economía intenta dar señales de vida. Argentina no puede darse el lujo de tener el freno de mano puesto por un papelón administrativo que el mundo observa con asombro.
La política actual está infestada de dirigentes sumidos en el pánico, caniches que temen que Javier se enoje o que Karina se ofenda, repitiendo el mismo servilismo que antes le tenían a Cristina Kirchner. Hace falta la valentía que hoy muestra la Ministra de Seguridad para recordarles que se gobierna con carácter y no con obsecuencia. Bullrich es la figura más taquillera y la que más resultados ha entregado, y precisamente por eso puede permitirse el lujo de decir que Adorni está flojo de papeles. La solución no es una ejecución pública, sino una higiene institucional básica: apartarlo del cargo hasta que el 30 de julio aparezca la escribana, la factura del departamento y la justificación de la cascada. Si la transparencia es el valor sagrado de esta nueva etapa, el Presidente debe entender que mantener la incertidumbre es alimentar una agonía innecesaria que solo se resuelve con la verdad sobre la mesa.






