Desde afuera puede parecer una casa más. Pero basta con entrar al garaje para encontrarse con fichas, botones, palancas y máquinas que transportan varias décadas hacia atrás. Allí, clásicos como Pac-Man, Galaga, Mortal Kombat o King of Fighters siguen esperando que alguien se acerque y vuelva a jugar una partida.
El Multimedio Nuevo Diario y LV11 llegó hasta este particular espacio santiagueño para conocer la historia de Marcelo, quien mantiene vivo un vínculo familiar con el mundo de los juegos arcade que comenzó en la década del 70.
El lugar es conocido cariñosamente como “El Garaje” y funciona en Viamonte 1125, en inmediaciones de Plaza Mayo. Además de trabajar con el alquiler de las máquinas para eventos, Marcelo decidió probar algo diferente: abrir las puertas y recuperar la experiencia de comprar una ficha y jugar como antes.
Y hay un detalle que rápidamente llamó la atención: muchos de los chicos que llegan por primera vez ni siquiera saben para qué sirve una ficha.

Una historia que empezó con su padre en los años 70
La pasión no comenzó con Marcelo.
Según contó durante la recorrida de El Multimedio, el origen familiar de esta actividad se remonta aproximadamente a 1975 o 1976, cuando aparecieron los primeros flippers y pinballs electromecánicos.
“Esos que tenían campanitas”, recordó.
Después llegaron nombres que marcaron una época, como Space Invaders, Galaxian y Galaga, junto con pinballs más modernos cuyos sonidos sintetizados eran una novedad para aquellos años.
También formaron parte del negocio familiar las fonolas.
Marcelo todavía conserva una muy particular: funciona con discos de vinilo de 45 revoluciones por minuto y data de 1957. Actualmente permanece guardada, pero continúa funcionando.
El juego que nunca podía terminar porque se quedaba sin fichas
Cuando le preguntaron cuál era su favorito durante la infancia, Marcelo no necesitó pensarlo demasiado.

Galaxian.
Sin embargo, había un problema: no tenían esa máquina en su casa.
“Había que ir al centro a jugarlo y siempre nos quedábamos sin fichas”, recordó entre risas.
Actualmente, buena parte de las máquinas y gabinetes que conserva pertenecen a la década del 80, incluyendo clásicos como Galaga, Pac-Man y Ms. Pac-Man.
Mortal Kombat para los grandes y Pac-Man para los chicos
Uno podría imaginar que semejante propuesta atrae exclusivamente a quienes vivieron la época dorada de los salones de videojuegos.
Pero ocurre algo diferente.
Según Marcelo, entre quienes tienen 40 años o más aparecen dos favoritos prácticamente infaltables: King of Fighters 97 y 2002, además de distintas versiones de Mortal Kombat.
Con los chicos de aproximadamente 10 o 12 años, en cambio, sucede algo que hasta él considera llamativo.
Muchos quedan atrapados por Ms. Pac-Man y Galaga.
Son juegos mucho más sencillos visualmente que los títulos actuales, pero justamente allí podría estar parte de su atractivo.

Marcelo explicó que los controles resultan más fáciles de comprender para quienes se acercan por primera vez y que eso termina despertando el interés de las nuevas generaciones.
Los chicos llegan y preguntan: “¿Cuánto cuesta la hora?”
Hay una escena que resume perfectamente el choque entre dos generaciones.
Los más jóvenes entran al arcade, observan las máquinas y preguntan:
“¿Cuánto cuesta la hora?”
Pero acá no funciona así.
“Los chicos no conocen. No saben dónde colocarla. Siempre hay que ayudarlos”, contó Marcelo sobre las fichas.
Entonces llega la explicación de una lógica que durante décadas fue completamente natural para quienes crecieron en los fichines: no se paga por tiempo, sino que cada ficha habilita una partida y todo depende de las vidas y de la habilidad del jugador.
Actualmente, cada ficha tiene un valor de $1.000, aunque algunos días realizan promociones de tres por $2.000.
Una máquina que volvió a su familia décadas después
Entre tantas máquinas también existe una con un valor que excede ampliamente lo económico.
Cuando Marcelo era chico solía concurrir a un salón ubicado sobre calle Avellaneda llamado Popeye.

Allí pasaba buena parte del tiempo jugando un pinball de Space Invaders.
Décadas después ocurrió algo inesperado: apareció la posibilidad de comprar aquella misma máquina al hermano del antiguo propietario del salón.
Marcelo no dejó pasar la oportunidad.
Hoy aquel pinball que utilizaba cuando era niño forma parte nuevamente de su vida y está guardado en la casa de su hermano.
Por su antigüedad requiere mantenimiento permanente, pero continúa funcionando.
Un arcade dentro de una casa santiagueña
Además del espacio abierto al público, Marcelo explicó que varias máquinas permanecen distribuidas o guardadas entre su domicilio y el de su hermano, mientras otras se destinan al alquiler para eventos o trabajos a comisión.
La decisión de abrir “El Garaje” surgió precisamente de las ganas de probar nuevamente aquella vieja experiencia: tener las máquinas funcionando y vender las fichas directamente al público.
Y, según contó, los resultados fueron positivos.
El lugar funciona en Viamonte 1125, cerca de Plaza Mayo, y abre todas las tardes hasta aproximadamente las 23, con posibilidad de extender el horario dependiendo de la jornada.
Allí no hay partidas online, suscripciones ni compras digitales. La dinámica es mucho más sencilla: una máquina, una ficha y la habilidad suficiente para intentar que esa partida dure todo lo posible.
Una fórmula que nació hace décadas y que, en pleno auge tecnológico, todavía consigue algo inesperado: que grandes vuelvan por nostalgia y que chicos descubran por primera vez qué significaba quedarse sin fichas justo cuando la partida se ponía buena.






