Por Xavier Maria Ferrera Peña
Dicen que si pones una rana en agua hirviendo, salta. Pero si la pones en agua fría y subes el fuego de a poco, se queda… hasta que es tarde. Argentina se parece a esa olla, solo que la rana somos millones, y además discutimos si el agua está tibia, si es culpa de la sal o del gas, y si la olla nos la dejaron “hecha un desastre” o “recién pulida”.
No es que no sepamos lo que viene: lo sabemos en el cuerpo. El problema es el “de a poco”. La cuota que se estira, la compra que se achica, el sueldo que se vuelve arena, el precio que sube sin hacer ruido. Y cuando finalmente el hervor se escucha, alguien nos mira serio y nos dice: “Nadie lo vio venir”. Ahí entra el humor argentino, que no es evasión: es memoria con bisturí.
Porque Tato Bores y Enrique Pinti no contaban chistes: contaban ciclos. Lo notable es que, al escucharlos hoy, no sentimos nostalgia; sentimos identificación. Tato lo dijo sin alegría en una entrevista: que sus textos siguieran vigentes no era un mérito… era un síntoma.
El idioma del ajuste sin decir ajuste
En Argentina, el ajuste rara vez se presenta como ajuste. Se disfraza. Se llama “ordenamiento”, “sinceramiento”, “corrección de precios relativos”, “normalización”, “poner la casa en orden”. El objetivo es el mismo: que la palabra no duela antes que la medida.
El manual retórico suele traer tres capítulos fijos:
Promesa de futuro: “Ahora cuesta, después mejora”.
Culpa heredada: “Recibimos una bomba”.
Pedagogía del sacrificio: “Hay que aguantar”.
Tato lo clavó con una frase que, por brutal, se volvió familiar: desde chico uno escucha que hay que sacrificarse por el futuro… y el futuro, por definición, “se pianta”. Lo dijo en un monólogo de 1989, y parece escrito para cualquier año impar o par de las últimas décadas.
La trampa es psicológica: el discurso convierte el dolor cotidiano en una inversión moral. Si duele, es porque está funcionando. Si no duele, es porque era mentira. Y así, el ciudadano queda atrapado entre dos culpas: la de haber creído antes y la de tener que creer otra vez.
La deuda: Pecado, salvación y excusa
La deuda externa en Argentina no es solo un número: es un personaje. Un fantasma útil. Cuando conviene, es pecado original (“nos endeudaron”). Cuando conviene, es puente al paraíso (“ahora vienen los dólares”). Cuando conviene, es excusa (“no se puede, estamos atados”). El país se endeuda y se “desendeuda” como quien hace dieta: anuncia, se entusiasma, se castiga, se recompensa, recae, vuelve a anunciar. Y cada vuelta viene con su relato de épica o penitencia.
Pinti, desde el teatro, lo empujaba a una conclusión menos financiera y más humana: en este país casi nunca paga el que decide; paga el de abajo. Esa idea aparece en Salsa criolla con una claridad que no necesita planillas.
Mientras tanto, el discurso oficial cambia de tono según el clima: si hay dólares, se habla de “confianza”; si faltan, de “responsabilidad”. La deuda no se mide solo en intereses: se mide en paciencia social.
Calma financiera: cuando creemos que esta vez sí
La calma financiera es el momento más peligroso porque se parece a una vida normal. El dólar deja de ser tema de sobremesa por una semana, aparecen cuotas, se respira en la góndola, vuelve cierta alegría de “capaz que ahora sí”. En ese tramo, el discurso se llena de palabras primavera: “brotes verdes”, “segundo semestre”, “lluvia de inversiones”. Son frases que reaparecen con distintos gobiernos y distintos voceros, como si la economía fuese un jardín al que siempre le prometen riego mañana.
Pero la calma argentina suele tener un detalle: se construye con alambres visibles. Por abajo se acumulan tensiones: reservas, deuda, inflación reprimida, atraso de precios, salarios corriendo atrás. Y sin embargo, la vida cotidiana agradece el silencio. La calma no enamora: alivia. Y el alivio, cuando es escaso, se vuelve religión.
Ahí la historia se pone cíclica, no por destino, sino por conducta. Porque cuando afloja la soga, la sociedad quiere recuperar aire. Y entonces la política promete lo que el cuerpo pide: normalidad.
El abismo: cuando todo pasa “de golpe”
El abismo argentino casi nunca llega de golpe: llega de a poco y se vuelve evidente de golpe. Un día la moneda pierde valor “un poco”. Otro día “hay tensión”. Otro día “es una corrección”. Y de pronto… corrida, salto de precios, parálisis, bronca.
Tato tenía una forma magistral de mostrarlo: agarraba billetes, contaba ceros y lo volvía físico. En un monólogo recordado por Infobae, explicó cómo a la moneda le “extirparon” ceros una y otra vez; no era una clase de historia monetaria: era una radiografía de nuestra repetición.
En esos momentos aparece el discurso de emergencia: “hay que reducir el gasto”, “hay que laburar más”, “hay que invertir”. Tato lo decía hace décadas, y lo inquietante no es que lo dijera: es que suena contemporáneo.
El abismo también tiene su música: la de la sorpresa actuada. Siempre “nadie esperaba” lo que todos temían. Y ahí se completa la olla: cuando el agua ya quema, se discute quién subió el fuego, pero no se discute por qué volvimos a quedarnos adentro.