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INFORME EXCLUSIVO NUEVO DIARIO - LV11: Elegía a la estupidez

30/01/2026

Los grandes errores históricos de los gobiernos argentinos y el costo que pagó la gente.

Por Xavier María Ferrera Peña

No es una elegía a la “gente tonta”. Es a la estupidez de Estado: esa cadena de decisiones —de distintos signos— que se repiten con soberbia, negación y cortoplacismo. Prometen salvar, terminan agravando. Y la factura cae siempre en la misma mesa.

En la cocina hay una libreta con números chiquitos, tachones y un cálculo simple: “Si sube la luz, baja la carne”. La pava silba como si apurara a alguien, pero el apuro es otro: llegar a fin de mes sin que la heladera parezca un museo. En la radio, un funcionario habla de “ordenamiento”, “racionalidad”, “normalización”. En la mesa, lo que se normaliza es la renuncia: la porción, el remedio que se estira, el arreglo que se posterga, la salida que se cancela.

Argentina es experta en esto: convertir palabras grandes en vida chica. Y, cuando la vida se achica, aparece la liturgia de siempre: alguien promete “salvar”, alguien señala un culpable único, alguien anuncia una solución definitiva. Después, como en esos chistes malos que se cuentan en velorios para aguantar la noche, el país descubre que lo definitivo era el golpe… pero al bolsillo.

 

La estupidez como patrón

La estupidez de Estado no es ignorancia: es la idea simple para un problema complejo. Es la solución mágica (“un plan y listo”). Es el enemigo perfecto (“la culpa es de ellos”). Es la negación del dato cuando el dato arruina el relato. Es la épica del atajo: creer que se puede saltar la historia sin pagar peaje.

Desde 1955 hasta hoy, cambian los uniformes, los slogans, los manuales. Pero el mecanismo se repite: se prometen salvaciones instantáneas y se dejan deudas largas (económicas, institucionales, sociales). A continuación, una cronología inevitablemente incompleta —como todo lo humano— de esa elegía.

 

Clarín difunde la orden de Aramburu de censurar todo lo referente a Perón.
Clarín difunde la orden de Aramburu de censurar todo lo referente a Perón.

 

1955–1958: La “normalidad” que clausura

La idea brillante: “Hay que ordenar la casa.”

La estupidez: confundir orden con proscripción, “pacificación” con silencio, república con prohibición.

La factura: Se inaugura una lógica: si no se puede ganar en política, se intenta ganar sin política.

Quién la pagó: la sociedad entera, que aprende a vivir con una grieta administrada desde arriba.

Hay un gesto que marca época: en 1956 se aprueba el ingreso de Argentina al FMI y al Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento por decreto-ley. No explica todo, pero sí señala el comienzo de una relación donde “ordenar” muchas veces significó ajustar y “seriedad” muchas veces significó tutela.

 

1966–1973: Tecnocracia con bayoneta

La idea brillante: “Los políticos estorban; gobiernen los que saben.”

La estupidez: creer que la sociedad es una planilla, que el conflicto se elimina por administración, que la economía se estabiliza sin legitimidad.

La factura: volatilidad, censura, represión y un país que aprende un hábito peligroso: cuando las cosas se ponen difíciles, se suspende la democracia como si fuera un trámite.

Quién la pagó: trabajadores, estudiantes, clases medias; cualquiera que creyera que la “normalidad” era un derecho y no un permiso.

 

La junta militar, con Jorge Rafael Videla a la cabeza, inauguró el terrorismo de Estado e inventó la figura del desaparecido.
La junta militar, con Jorge Rafael Videla a la cabeza, inauguró el terrorismo de Estado e inventó la figura del desaparecido.

 

1976–1983: Terror, deuda y una economía reordenada para pocos

La idea brillante: “Reorganización nacional.”

La estupidez: suponer que el miedo es un programa económico y que se puede refundar un país sobre el trauma.

La factura: una herida social enorme y una arquitectura económica más frágil. Un documento académico de INAP (CUINAP) sintetiza un dato clave: la deuda externa total pasa de US$ 35.671 millones (dic. 1981) a US$ 45.087 millones (dic. 1983).

Quién la pagó: los vínculos de la gente, millones de familias ahogadas en la desesperación, la destrucción del tejido social (terrorismo de Estado, exilio, miedo cotidiano) y los bolsillos de toda una sociedad empeñada sin haberlo autorizado (un país condicionado por compromisos a largo plazo).

 

Raúl Alfonsín y un gesto que pasó a la historia.
Raúl Alfonsín y un gesto que pasó a la historia.

 

1983–1988: democracia con la caja vacía y el aprendizaje roto

Este tramo es clave porque muestra una verdad incómoda: la estupidez no siempre es mala fe. A veces es épica sin herramientas, o herramientas sin tiempo.

La idea brillante: “Con democracia se come, se cura y se educa.”

La estupidez: intentar domar una crisis estructural con instrumentos que duran lo que un suspiro; creer que la inflación se disciplina solo con voluntad; subestimar la inercia y la puja distributiva.

La factura: inflación muy alta, planes de estabilización que funcionan un rato y después se deshilachan.

El BCRA resume 1984 con crudeza: los precios al consumidor “se incrementaron” 688,0%.

En 1985 se lanza el Plan Austral. No fue una palabra mágica: fue una intervención fuerte para frenar el incendio… pero el país seguía lleno de materiales inflamables.

Quién la pagó: asalariados que cobran tarde y caro, jubilados que pierden en cámara lenta, pymes que no pueden planificar ni un mes.

 

Carlos Menem y la
Carlos Menem y la "paridad cambiaria".

 

1989–1990: La hiperinflación como pedagogía del saqueo

La idea brillante: “Hay que hacer algo drástico.”

La estupidez: llegar a lo drástico por derrumbe, no por diseño; permitir que el sistema de precios se convierta en estampida.

La factura: El BCRA registra que la inflación anual de 1989 asciende a 4.923%, medida por IPC.

Quién la pagó: cualquiera que cobre en moneda local. La mayoría.

 

1991–2001: estabilidad “para siempre” y fragilidad “para todos”

La idea brillante: “Un peso, un dólar. Se termina la inflación.”

La estupidez: confundir regla rígida con fortaleza; patear el problema productivo y fiscal con deuda; suponer que el consumo es desarrollo y que la confianza se compra con maquillaje.

La factura: desempleo, desigualdad, vulnerabilidad. En mayo de 1995, la EPH registra 18,4% de desocupación.

Quién la pagó: trabajadores expulsados, jóvenes que debutan con precariedad, provincias y pymes que quedan atadas a una respiración asistida.

 

De la Rúa y el helicóptero presidencial.
De la Rúa y el helicóptero presidencial.

 

2001–2002: El estallido y la emergencia como modo de vida

La idea brillante: “Aguantar un poco más.”

La estupidez: aguantar lo que ya estaba roto, como si el costo social fuera un daño colateral aceptable.

La factura: default, corralito/corralón, caída del ingreso real, desconfianza como herencia.

INDEC muestra el salto social: en octubre de 2002, la pobreza en el total urbano EPH llega a 57,5% de las personas (e indigencia 27,5%).

Quién la pagó: laburantes, desocupados, clase media asalariada que descubre que “seguridad” era un relato, no un contrato.

 

Néstor y Cristina implementaron el kircherismo.
Néstor y Cristina implementaron el kircherismo.

 

2003–2015: rebote, ampliación y el punto ciego del dato

La idea brillante: “Volver a incluir, crecer y recomponer.”

La estupidez (cuando aparece): enamorarse del propio relato y empezar a tratar a la inflación como un rumor y a la restricción externa como una molestia; defender instrumentos útiles como si fueran identidades; y, sobre todo, pelearse con el termómetro cuando la fiebre molesta.

Un ancla verificable de esa disputa es institucional: el FMI impuso una “declaración de censura” a Argentina por la calidad de datos oficiales (inflación/PBI) en 2013, y luego la levantó en 2016 tras cambios y asistencia técnica.

Y un recordatorio del punto de partida social: en mayo de 2003, INDEC estimaba 13.002.000 personas por debajo de la línea de pobreza (total urbano EPH).

La factura: cuando el dato se vuelve trinchera, la política se queda sin tablero. Y sin tablero, las decisiones se vuelven más caras.

Quién la pagó: los de siempre: salarios que corren detrás, ahorro en fuga, pymes en incertidumbre, y un país que discute más el número que la solución.

 

Mauricio Macri endeudó al país sin aprobación del Congreso.
Mauricio Macri endeudó al país sin aprobación del Congreso.

 

2016–2019: gradualismos, shocks y el regreso del crédito como tentación

La idea brillante: “Volver al mundo” / “financiar la transición” / “esta vez es distinto”.

La estupidez: confundir crédito con confianza; vulnerabilizarse con deuda en un país que se resfría con cada viento externo.

El FMI aprueba en junio de 2018 un Acuerdo Stand-By por US$ 50.000 millones.

Y el costo social se siguió moviendo con inflación alta: INDEC registra 47,6% en 2018 y 53,8% en 2019 (IPC nacional).

La factura: crisis cambiaria, tasas imposibles, caída del consumo, más pobreza.

Quién la pagó: laburantes y pymes; el mercado siempre tiene paracaídas, la gente no.

 

Alberto clausuró una etapa para el olvido.
Alberto clausuró una etapa para el olvido.

 

2020–2023: Pandemia, parches y la inflación como estado del clima

La idea brillante: “Salvar vidas y sostener ingresos.”

La estupidez: creer que el Estado puede apagar incendios sin mojar paredes; administrar urgencias como si fueran estrategia; patear reformas de fondo por miedo al costo político.

La factura: inflación acelerada y deterioro del ingreso real.

INDEC informa que en diciembre de 2023 el IPC sube 25,5% mensual y acumula 211,4% en 2023.

Quién la pagó: quienes viven al día. Porque la inflación no es “un número”: es un impuesto que cobra sin boleta y sin discusión parlamentaria.

 

Otra vez el ajuste donde más duele para que, dentro de 30 años, seamos como Suiza. ¿Es broma?
Otra vez el ajuste donde más duele para que, dentro de 30 años, seamos como Suiza. ¿Es broma?

 

2024–hoy: El ajuste como bisturí y como serrucho

La idea brillante: “Bajar la inflación, ordenar las cuentas, sincerar precios.”

La estupidez (si aparece): convertir el orden en dogma y el sufrimiento en método; suponer que el único indicador que importa es el que te da la razón; confundir velocidad con dirección.

Los datos muestran dos cosas a la vez: desinflación y conflicto distributivo. INDEC reporta que 2024 cerró con 117,8% de inflación acumulada y 2025 con 31,5%.

Y también muestra el golpe social y su posterior mejora en un contexto de precios desacelerando: pobreza 52,9% en el primer semestre de 2024 y 38,1% en el segundo semestre de 2024 (31 aglomerados).

Para el primer semestre de 2025, INDEC publica 31,6% de personas bajo la línea de pobreza.

La factura: El bolsillo vive una paradoja: la inflación baja, pero la vida no se “abarata” automáticamente; hay precios relativos, tarifas, salarios y empleo en reacomodo.

Quién la pagó: otra vez, el que no tiene espalda. Porque el reordenamiento suele ser más rápido para el Estado que para el comedor de una casa.

 

La factura siempre llega al mismo domicilio

La estupidez de Estado es una religión sin dios y con liturgia perfecta: siempre encuentra una certeza rápida para tapar una incertidumbre compleja. Siempre tiene un enemigo listo para simplificar el mundo. Siempre cree que el dolor ajeno es una estadística y que el tiempo político se puede estirar como chicle. Y siempre, pero siempre, se enamora del atajo… hasta que el atajo termina en barranco.

En Argentina, el poder cambia de traje y de tono, pero conserva un talento: explicar el costo después de cobrarlo. Primero te dicen “no hay alternativa”; después te piden paciencia; más tarde te prometen derrame; al final te ofrecen épica, como si la épica pagara la luz.

La tragedia no es que haya errores: la tragedia es que se repitan. Que la soberbia sea cíclica. Que la negación sea política de Estado. Que el dato sea enemigo. Que la discusión sea un ring y no una mesa. Que la democracia sea un péndulo que algunos empujan cuando les conviene.

Y la conclusión —esa que vuelve como estribillo triste— es siempre la misma: la factura llega al mismo domicilio. A la mesa del laburante. A la jubilación que no alcanza. A la pyme que se queda sin aire. A la familia que cambia proteínas por fideos, arreglos por parches, futuro por supervivencia. La estupidez de Estado no se equivoca sola: se hace costumbre. Y cuando se hace costumbre, deja de ser un error: se vuelve destino. Y el destino, en este país, es algo que la gente aprende a discutir… mientras paga.

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