Primero, la tragedia. Después, el uso de la tragedia.
En estos días, varias agencias y medios nacionales volvieron a poner en agenda el caso de Loan Danilo Peña, el niño desaparecido en Corrientes el 13 de junio de 2024, cuando tenía 5 años. A casi dos años del hecho, el país sigue sin saber qué pasó con él. La causa tiene 17 imputados y en las últimas semanas hubo novedades y tironeos sobre la fecha del juicio oral: algunos medios informaron una fecha (7 de octubre de 2026), mientras que otros señalaron que esa definición quedó en discusión por objeciones de la fiscalía y diferencias procesales.
Hasta ahí, el dato judicial.
Pero el problema de fondo —el que merece una nota de opinión y no solo una crónica tribunalicia— es otro: ¿quién decide cuándo una noticia vuelve a ser importante?
¿Lo decide la necesidad social de verdad y justicia?
¿O lo decide la conveniencia del calendario, la fecha redonda, el “se cumple un año”, el paquete emocional que rinde bien en pantalla?
Porque seamos honestos: el caso Loan no estuvo todos los días en la agenda nacional. Ni todas las semanas. Ni siquiera con una regularidad que reflejara la gravedad de lo ocurrido. Hubo un pico de cobertura feroz, después vino el desgaste, luego la dispersión, más tarde el silencio. Y ahora vuelve a aparecer cuando la desaparición se acerca a una marca temporal que los medios pueden convertir en “aniversario de alto impacto”.
Como si el dolor necesitara producción.
Como si la ausencia tuviera horario de aire.
Como si la búsqueda de un niño pudiera entrar y salir de la agenda con la lógica de una promoción.
¿Qué se cubre: la verdad o el rendimiento?
No se trata de cuestionar que un caso vuelva a tener visibilidad. Al contrario: debe tenerla. Siempre. Más aún cuando hay novedades judiciales, audiencias preliminares o definiciones pendientes. El problema es la lógica selectiva con la que se asigna esa visibilidad.
Cuando un caso de desaparición infantil reaparece con fuerza solo en torno a una fecha emblemática, la pregunta se vuelve inevitable:
¿estamos cubriendo una búsqueda o estamos explotando una efeméride?
Y esa pregunta es incómoda porque obliga a mirar adentro de las redacciones, de los canales, de las agencias, de los escritorios donde se decide qué abre, qué va abajo, qué se empuja y qué se deja morir. Obliga a admitir que muchas veces el criterio no es “lo más importante”, sino “lo más utilizable”.
Eso no es solo una falla editorial.
Eso es una derrota moral.
Porque un niño desaparecido no puede ser una pieza de consumo cíclico. No puede convertirse en un recuerdo rentable cada vez que el calendario ofrece una excusa narrativa. Si la cobertura vuelve por la fecha, pero no se sostuvo por convicción, entonces lo que vuelve no es la sensibilidad: vuelve el oportunismo.
Y acá aparece, por contraste, un actor que deja en evidencia a más de un medio: organizaciones como Missing Children Argentina.
Mientras el circuito mediático sube y baja casos según la demanda, Missing Children sostiene una tarea constante, silenciosa y crucial. En su propio sitio se presenta como una asociación civil sin fines de lucro constituida con voluntarios, y define una misión tan simple como gigantesca: “Ayudar a las familias a encontrar a sus chicos perdidos”.
Ese detalle importa. Mucho.
Porque ahí hay una diferencia ética de base: no trabajan con el caso “cuando vuelve”. Trabajan cuando nadie mira, cuando no hay móviles en la puerta, cuando no hay paneles, cuando no hay hashtags, cuando no hay especial de aniversario. Trabajan en el tiempo más difícil: el tiempo de la persistencia.
Además, sostienen canales permanentes de contacto para denuncias y datos —correo, WhatsApp y redes—, lo que muestra una lógica de disponibilidad y servicio que no depende del clima mediático del día.
Eso también debería ser noticia.
Y, sobre todo, debería ser ejemplo.
El periodismo que se emociona mucho y se compromete poco
Hay una forma de cobertura que se volvió demasiado habitual: el periodismo que se emociona mucho en cámara y se compromete poco en el tiempo. Se editorializa con tono grave, se repiten imágenes, se multiplican placas, se habla de “conmoción nacional”, y después la historia se diluye hasta nuevo aviso.
No es un problema exclusivo de un canal o de una línea editorial. Es una enfermedad de época. La dictadura del impacto instantáneo, la lógica del scroll, la pelea por la atención, la ansiedad por el número. Todo eso existe, sí. Pero nada de eso exime de responsabilidad.
Porque si el periodismo acepta que solo puede sostener aquello que “rinde”, entonces deja de ser una herramienta de memoria pública y pasa a ser una maquinaria de excitación episódica.
Y en casos como Loan, esa renuncia es gravísima.
No estamos hablando de una polémica pasajera en redes.
No estamos hablando de un cruce político de 24 horas.
Estamos hablando de un niño desaparecido.
De una familia destruida.
De una sociedad que dice conmoverse, pero a veces administra su conmoción con una frialdad escalofriante.
La desaparición de Loan no necesita una efeméride para ser importante.
La verdad no tiene temporada alta.
Y la búsqueda de un niño no puede depender del humor de la pantalla.
Cuando el oportunismo le gana a lo importante, no solo se degrada la cobertura: se degrada la sociedad que la consume. Porque entre aniversario y aniversario, entre pico y pico, entre placa y placa, también se abandona.
Y en un país donde un chico sigue sin aparecer, usar su nombre solo cuando vuelve a medir no es periodismo: es una forma elegante de mirar para otro lado.