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La paz mundial en manos de un club de delirantes

09/04/2026

No hacen falta mil generales para poner al planeta al borde del abismo. Alcanza con una mesa mínima, un puñado de hombres intoxicados de poder, con misiles a mano, mercados de rehén y millones de vidas colgando de su humor.

El mundo acaba de volver a ver, con una claridad obscena, que la palabra “paz” ya no describe una arquitectura estable ni una voluntad civilizatoria. Describe, en el mejor de los casos, una pausa. Un entretiempo. Un respiro alquilado. Ayer se anunció un cese del fuego de dos semanas entre Estados Unidos e Irán, mediado por Pakistán, pero mientras esa tregua todavía era vendida como alivio, los hechos ya la estaban desmintiendo a bombazos. Reuters resumió la situación con brutal honestidad: ni siquiera estaba claro si había realmente un alto el fuego.

Y ahí aparece la verdadera indecencia de este tiempo: la humanidad depende de acuerdos redactados con tal cinismo, improvisación o ambigüedad que, horas después de anunciados, todavía había una pelea sobre si Líbano estaba o no incluido. Irán sostuvo que sí; Pakistán, mediador del entendimiento, también dio a entender que Beirut debía quedar bajo esa cobertura; Emmanuel Macron reclamó que, si Líbano no entra en el esquema, la tregua no es ni creíble ni duradera. Pero Israel y la Casa Blanca dijeron otra cosa: Líbano no formaba parte del trato. Y mientras discutían la gramática del cese del fuego, morían personas de carne y hueso.

Eso es lo monstruoso: el lenguaje diplomático ya no sirve para impedir la carnicería, sino para administrarla. No se usa para detener la muerte, sino para parcelarla. Para decidir qué frente se congela y cuál queda habilitado para seguir ardiendo. Como si la vida civil pudiera depender de una nota al pie, de una interpretación, de una conferencia de prensa, de un vocero diciendo que hubo un “malentendido legítimo”. Cuando la paz mundial se vuelve una disputa semántica entre potencias armadas, ya no estamos ante estadistas. Estamos ante administradores del espanto.

La prueba más salvaje llegó enseguida. Israel lanzó el 8 de abril sus ataques más duros sobre Líbano desde el inicio de esta fase de la guerra. Las autoridades libanesas reportaron 254 muertos y más de 1.100 heridos; Reuters consignó que fue el día más letal desde que el conflicto con Hezbollah escaló en marzo. La ONU calificó los reportes de víctimas como “espantosos”, y Volker Türk habló de una matanza “horrífica”, producida apenas horas después del anuncio del alto el fuego con Irán. Es decir: la “paz” ni siquiera había terminado de pronunciarse cuando ya estaba siendo triturada bajo los escombros.

Pero no nos engañemos: el problema no es solamente Donald Trump, ni solamente Benjamin Netanyahu, ni solamente los halcones iraníes, ni solamente los jefes militares que convierten un mapa en un tablero. El problema es más profundo y más siniestro. Es la estructura del poder mundial concentrada en un club diminuto de voluntades caprichosas, personalistas y muchas veces delirantes, capaces de mover ejércitos, cerrar rutas energéticas, dinamitar ciudades, amenazar con arrasar civilizaciones y luego presentarse ante las cámaras como si hubieran salvado al mundo porque decidieron frenar dos minutos antes de la catástrofe total. Eso no es liderazgo. Eso es chantaje a escala planetaria.

Trump encarna esa lógica con una obscenidad casi caricaturesca. Reuters informó que retrocedió de su amenaza de aniquilar la “civilización” iraní y aceptó una tregua apenas dos horas antes del plazo que él mismo había fijado en torno al Estrecho de Ormuz. El mismo análisis señala que esa marcha atrás expuso los límites y los riesgos de su estilo errático, maximalista y teatral. No es la racionalidad la que modera a estos hombres; es el cálculo del costo. No los detiene la moral: los frenan los mercados, el petróleo, las encuestas, la posibilidad de perder control del daño.

Y aun así, ni esa retirada ofrece garantías. El Pentágono dejó dicho que el cese del fuego es apenas una pausa y que Estados Unidos está listo para reanudar las operaciones si fracasa la diplomacia. Dicho de otro modo: el mundo sigue sentado sobre un polvorín al que sus dueños llaman “proceso de paz”. No desactivaron el mecanismo; apenas levantaron el dedo del gatillo. Por ahora.

El otro gran secuestro se llama Ormuz. Ahí se ve con crudeza cómo la paz ya no depende sólo de la voluntad de no matar, sino también del control de la economía mundial. Reuters reportó que la tregua dejó a Irán con poder de hecho sobre el estrecho y con capacidad de usar ese cuello de botella como palanca sobre el mercado energético global. Aunque el anuncio del cese del fuego empujó el petróleo por debajo de los 100 dólares, el tránsito marítimo seguía lejos de la normalidad y los barcos seguían necesitando, en los hechos, permiso o garantías bajo condiciones impuestas desde Teherán. Es decir, la estabilidad global está atada a un punto geográfico minúsculo y a la voluntad política de actores que se detestan y se amenazan mutuamente.

Ese es el retrato del orden mundial: no una comunidad internacional regida por reglas, sino una civilización entera rehén de hombres que juegan a ver quién pestañea último. Y lo más escalofriante es que ni siquiera hace falta que estén borrachos, como en una cantina. Sería menos grave. Un borracho de bar apenas arruina una noche; estos, sobrios o exaltados, con uniforme o traje, con Biblia, bandera o argumento de seguridad nacional, pueden arruinar generaciones enteras. El problema no es que deliren. El problema es que delirando mandan portaaviones, dividen zonas grises, ordenan bombardeos, disciplinan aliados, manejan inteligencia, agitan bolsas, cierran puertos y convierten la vida humana en variable táctica.

También hay una degradación moral más honda: hemos naturalizado que así funciona el mundo. Como si fuera razonable que el destino de millones dependa del estado de ánimo de menos de diez personas. Como si fuera normal que una región pueda ser arrasada porque una negociación salió mal, porque un premier necesitaba mostrar dureza, porque un presidente quiso posar de loco imprevisible, porque una cadena de mando interpretó distinto una tregua, porque el prestigio de un líder vale más que un barrio pulverizado. Esa naturalización es parte del horror. Ya ni siquiera nos escandaliza del todo que la paz esté sostenida por temperamentos inestables y egos hiperventilados.

Peor todavía: los mismos que fabrican el borde del precipicio después se ofrecen como héroes por no empujar del todo. Construyen la crisis, elevan el voltaje, amenazan con lo indecible y luego venden como sensatez lo que en realidad es apenas un paso atrás frente a su propia locura. Eso no merece aplausos diplomáticos. Merece una acusación moral severa. Porque una tregua frágil, contradictoria, agujereada por ataques, dudas y advertencias militares no es paz. Es una prórroga del miedo.

El planeta, entonces, no está más seguro. Está apenas suspendido. Colgado de una hebra finísima que va de Washington a Jerusalén, de Teherán a los corredores del Golfo, pasando por asesores, voceros, comandos y mediadores que discuten cláusulas mientras la metralla hace su trabajo. Y esa es la verdad más insoportable: la paz mundial no está garantizada por la sabiduría de los poderosos, sino amenazada por su pequeñez. No nos gobierna una reserva moral superior. Nos administra un club de irresponsables con demasiado poder, demasiadas armas y demasiado poco respeto por las consecuencias.

La civilización contemporánea no está custodiada por gigantes de la razón, sino por un puñado de hombres demasiado pequeños para el tamaño del botón que tienen delante.

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Asistente LV11