El almanaque político e institucional de la República Argentina evoca una de sus jornadas más impactantes y cinematográficas. El 20 de mayo de 1998, acorralado por las fuerzas de seguridad y con una orden de detención efectiva sobre su cabeza, el magnate postal Alfredo Yabrán decidió poner fin a su vida de un disparo en el rostro dentro de un baño de la estancia "San Ignacio", una propiedad rural ubicada en las afueras de Gualeguaychú, Entre Ríos.
Durante la década de 1990, el nombre de Yabrán fue sinónimo de un poder descomunal, invisible y temido. Su fisonomía era un secreto absoluto para la opinión pública, protegido por un estricto aparato de seguridad privada. Su frase más célebre ante la prensa —“Sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la frente”— cobró una dimensión trágica y premonitoria tras la investigación que cambió el rumbo de su destino.
El declive del imperio: de la impunidad al abismo
La foto que rompió el misterio: En el verano de 1996, el fotógrafo de la revista Noticias, José Luis Cabezas, logró retratar a Yabrán caminando junto a su esposa por las playas de Pinamar. Esa imagen expuso por primera vez el rostro del "Don" ante la sociedad.
El crimen de Cabezas: El 25 de enero de 1997, el reportero gráfico fue secuestrado, torturado y ejecutado de dos disparos en la nuca dentro de una cava de General Madariaga, para luego ser prendido fuego dentro de su automóvil. La investigación judicial apuntó rápidamente al entorno de seguridad del empresario y a una red de policías corruptos.
La denuncia de Domingo Cavallo: Años antes, el entonces ministro de Economía había encendido la mecha política en el Congreso de la Nación al calificar públicamente a Yabrán como el líder de una "mafia enquistada en el poder" que operaba mediante el monopolio del correo privado, las rampas de aeropuertos y los depósitos fiscales.
La presión social y judicial se volvió insostenible para el gobierno del entonces presidente Carlos Menem. Cuando el juez de Dolores, José Luis Macchi, firmó el pedido de captura internacional del magnate bajo el cargo de autoría intelectual del asesinato del fotógrafo, Yabrán se desvaneció de sus lugares habituales y se refugió en el interior de su provincia natal.
El disparo de una escopeta calibre 12.70 en el interior del casco de la estancia entrerriana interrumpió la búsqueda policial. Debido a las deformaciones físicas que provocó el impacto, la confirmación de la identidad del cadáver requirió rigurosos peritajes dactiloscópicos y de ADN, lo que alimentó durante décadas mitos urbanos y teorías conspirativas sobre una supuesta "muerte armada" para facilitarle una fuga al exterior.
A casi tres décadas de aquel estallido que conmovió los cimientos de la democracia, la figura de Alfredo Yabrán permanece indexada en los libros de historia criminal y política como el máximo exponente de los peligros de las organizaciones paraestatales, la vulnerabilidad de la libertad de prensa y el oscuro trasfondo del poder en las sombras que marcó a fuego el cierre del siglo XX en la Argentina.






