El panorama político argentino atraviesa un momento de fragilidad para la administración de Javier Milei. Luego de un periodo de relativa estabilidad en los sondeos, las consultoras nacionales coinciden en un diagnóstico: el respaldo al Poder Ejecutivo ha iniciado una parábola descendente. Hoy, la desaprobación de la gestión alcanza el 58%, una cifra que refleja el impacto directo de la crisis económica en el humor social.
El retroceso en la percepción pública se fundamenta en una tríada de factores que el Gobierno no ha logrado revertir: la persistencia de la inflación, la parálisis de la actividad y las constantes polémicas en la esfera política. Esta combinación ha erosionado la base de confianza que, a principios de año, se mantenía por encima de los 50 puntos.
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El desencanto llega al núcleo duro y la clase media
El desgaste no es uniforme, pero su avance es constante. Los primeros en retirarse fueron los votantes "prestados", aquellos que se sumaron en el balotaje buscando un cambio de rumbo. Sin embargo, lo que más preocupa en los despachos de la Casa Rosada es que la negatividad ha comenzado a permear en sectores que hasta hace poco se consideraban el núcleo duro del oficialismo.
La percepción económica es el motor de este declive. La mayoría de los encuestados afirma que su situación personal es peor que hace un año, y lo que es más grave para las aspiraciones gubernamentales: las expectativas de mejora futura han comenzado a debilitarse drásticamente.
Una oposición que no logra llenar el vacío
Pese al evidente retroceso de Milei, el ecosistema político argentino presenta una paradoja: la caída del Gobierno no se traduce automáticamente en el ascenso de una alternativa. Si bien el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, asoma como la figura más relevante de la vereda opuesta, sus altos niveles de rechazo ("techo electoral") le impiden por ahora proyectarse como un líder de consenso nacional.
El escenario permanece abierto y volátil. El oficialismo conserva un piso de apoyo cercano al 30%, una cifra nada despreciable en un contexto de ajuste. No obstante, el futuro inmediato dependerá de una carrera contra el tiempo: la capacidad del Gobierno para mostrar resultados económicos tangibles antes de que la oposición logre articular una propuesta competitiva para los próximos desafíos electorales.






