Mientras el INDEC informó que el 28,2% de las personas seguía bajo la línea de pobreza en el segundo semestre de 2025 y el 6,3% en la indigencia, los portales competían por el clic más liviano: el perro que entró a una cancha, el pato desalojado de una peatonal, el “therian” que pidió atención en una veterinaria, el error viral de una famosa en televisión o la pedida de mano con “detalle familiar” en redes. Todo eso existió. Todo eso fue noticia. Todo eso tuvo lugar.
No se trata de negar lo curioso. Un medio también puede contar historias raras, humanas, simpáticas. El problema aparece cuando lo lateral reemplaza a lo central. Cuando la anécdota tapa al drama. Cuando el algoritmo se sienta en la mesa de edición y decide que un loro celoso, una pileta mal retirada o un perro gambeteando valen más que una jubilada que no puede comprar remedios, un trabajador informal sin derechos o una madre que ya no sabe qué sacar del changuito.
Ahí nace la información basura. No porque sea falsa necesariamente. Sino porque es inútil para comprender la vida real.
La noticia falopa no siempre miente. A veces distrae. Y esa es su mayor eficacia.
El periodismo no puede competir con TikTok haciendo peor TikTok.
Las redes sociales ya tienen horizontalidad, ruido, velocidad, reacción, griterío y espuma. Lo que deben ofrecer los medios es otra cosa: jerarquía, contexto, verificación, sensibilidad social y agenda propia. La pregunta no es qué se volvió viral. La pregunta es qué está pasando, a quién le duele, quién se beneficia, quién paga el costo y qué poder no quiere que se mire.
Un medio serio no debe perseguir cada zanahoria luminosa que le tira la red. Debe preguntarse, cada mañana: ¿qué necesita saber hoy una familia? ¿Qué le preocupa al jubilado? ¿Qué angustia al trabajador? ¿Qué le pasa al estudiante? ¿Qué no está viendo el ama de casa, el comerciante, el empleado público, el cuentapropista, el desocupado?
Porque cuando los medios abandonan esos temas, la sociedad queda sola frente al tsunami. Y en ese tsunami todo parece tener el mismo valor: una reforma laboral, una pelea de famosos, un aumento de remedios, un perro en una cancha, una jubilación mínima, una canción viral. Todo mezclado. Todo horizontal. Todo triturado.
La tarea del periodismo es volver a ordenar el mundo.
No para bajarle línea a la gente. Para devolverle sentido.
La información basura entretiene cinco minutos. El periodismo verdadero acompaña, incomoda, explica y defiende a quienes no tienen algoritmo propio. Ahí está la batalla. Y es urgente.






