El propietario del lugar ha sido claro en sus declaraciones: "Este lugar es para la sanación, es para el bien, aquí no se hace el mal". Lejos de ser un espacio de exclusión, el santuario se presenta como un refugio donde "se resguarda lo pagano y lo divino". Allí conviven, en un mismo espacio de devoción, la figura de San La Muerte junto a representaciones centrales del cristianismo como Jesús y la Virgen María, además de santos populares como San Expedito y el Gauchito Gil, inclusive una imagen de Buda. Esta convivencia de símbolos demuestra una voluntad de armonía y bienestar que choca frontalmente con la imagen distorsionada que el prejuicio pretende instalar.Es alarmante que, a pesar de esta realidad, mucha gente pretenda que se use el aparato judicial para cuestionar una manifestación espiritual por el simple hecho de que no encaja en el canon de ciertos grupos. En un Estado constitucional de derecho, las garantías no son un privilegio de las mayorías. La Constitución Nacional y los tratados internacionales protegen la libertad de culto, la conciencia y la autonomía personal para todos, sin distinción.
Vivimos tiempos de un individualismo exacerbado, donde la división es evidente y los mensajes de odio se viralizan con una velocidad destructiva. En este contexto, propongo un ejercicio necesario de tolerancia: nos guste o no, todos pensamos distinto. Pretender avanzar legalmente contra una construcción vinculada a una expresión religiosa implicaría una grave afectación a derechos fundamentales como la igualdad, la propiedad y la libertad de expresión cultural.
Si hoy permitimos que la Justicia se convierta en una herramienta para imponer gustos personales o censurar expresiones que nos resultan "extrañas", estamos rompiendo el pacto democrático.
Hoy el prejuicio apunta a un santuario en Santiago del Estero que intenta unir diferentes sentires, pero mañana, bajo esa misma lógica de intolerancia, el blanco podría ser cualquier otra minoría.
Como musulmán en Argentina, entiendo que la verdadera libertad no consiste en que todos crean en lo mismo, sino en que nadie sea perseguido por su fe. El debate debe darse siempre dentro del marco de la ley y el respeto mutuo, nunca desde la discriminación encubierta.
Defender el derecho de otros a manifestar su espiritualidad es la única garantía de que nuestra propia libertad permanezca intacta en una sociedad que debe aprender a convivir, finalmente, en su diversidad.