Noticias Radio LV11

INFORME EXCLUSIVO NUEVO DIARIO: La Justicia llega cuando el poder ya se fue

Cuarenta años de democracia, miles de sospechas y un puñado de condenas.

INFORME EXCLUSIVO NUEVO DIARIO: La Justicia llega cuando el poder ya se fue

Por Xavier María Ferrera Peña

Desde 1983 hasta hoy, la Argentina convivió con una paradoja brutal: la corrupción fue tema permanente de campaña, de tapas, de denuncias parlamentarias y de escándalos públicos, pero la cantidad de condenas judiciales contra altos integrantes del Poder Ejecutivo Nacional resulta llamativamente baja si se la compara con el volumen histórico de causas, denuncias y episodios investigados.

La primera aclaración es indispensable: no es lo mismo estar denunciado, procesado, acusado, condenado por un tribunal oral, condenado por casación o condenado con sentencia firme. En la Argentina, esa diferencia puede equivaler a veinte años de expediente, una prescripción, una muerte biológica del acusado o una sentencia que llega cuando el daño político, económico e institucional ya fue consumado.

La Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia relevó que, en las últimas tres décadas, solo el 12% de las causas de corrupción llegaron a juicio oral. El dato no surge de una mirada militante, sino de información del Centro de Información Judicial de la Corte Suprema. Ahí empieza el verdadero problema: no solo se condena poco; se llega tarde, mal y con una capacidad de reparación casi simbólica.

Y hay otro dato que destruye la coartada de la “Argentina impoluta”. En el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparency International, difundido en el país por Poder Ciudadano, Argentina obtuvo 36 puntos sobre 100 y quedó ubicada en el puesto 104 sobre 182 países evaluados. No estamos ante una nación ejemplar injustamente sospechada; estamos ante un país percibido como estructuralmente vulnerable a la corrupción.

 

El mapa mínimo de los condenados

Entre los presidentes, el caso más pesado y reciente es el de Cristina Fernández de Kirchner, condenada en la causa Vialidad a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por administración fraudulenta en perjuicio del Estado. La Corte Suprema dejó firme la condena el 10 de junio de 2025.

Carlos Menem fue condenado por el caso de los sobresueldos a cuatro años y medio de prisión por peculado, sentencia confirmada por Casación en 2018 junto con la de Domingo Cavallo. Pero su muerte impidió una revisión final útil de la Corte, y en la causa por venta ilegal de armas terminó absuelto por violación del plazo razonable después de más de dos décadas de trámite. Es el retrato perfecto de la justicia argentina: cuando no absuelve, demora; cuando no demora, prescribe; cuando no prescribe, llega tarde.

En el nivel vicepresidencial y ministerial aparece Amado Boudou, exvicepresidente y exministro de Economía, condenado a cinco años y diez meses de prisión por cohecho pasivo y negociaciones incompatibles con la función pública en el caso Ciccone. La Corte Suprema dejó firme la condena en 2020.

También fue condenada Felisa Miceli, exministra de Economía, por el caso de la bolsa con dinero hallada en el baño de su despacho. La Corte dejó firme su condena en 2015, con una pena finalmente fijada en tres años de prisión en suspenso e inhabilitación.

María Julia Alsogaray, figura emblemática del menemismo, recibió condenas por enriquecimiento ilícito y por hechos vinculados a irregularidades en la Secretaría de Recursos Naturales. Su caso es uno de los pocos que quedó como símbolo de condena efectiva contra una funcionaria nacional de altísimo perfil.

En el área de Transporte, Ricardo Jaime acumula varias condenas. Fue condenado por enriquecimiento ilícito, dádivas y otros hechos de corrupción vinculados a su paso por la Secretaría de Transporte. Casación confirmó en 2024 una condena por enriquecimiento ilícito, aunque con discusiones posteriores sobre pena y reenvíos.

Juan Pablo Schiavi, también exsecretario de Transporte, fue condenado en la causa por la tragedia de Once, donde la Justicia combinó responsabilidades por administración fraudulenta contra el Estado y estrago culposo agravado. La Corte confirmó condenas en esa causa, que expuso cómo la corrupción administrativa puede dejar de ser una cifra abstracta y convertirse en muerte concreta.

José López, exsecretario de Obras Públicas, fue condenado por enriquecimiento ilícito tras ser detenido con bolsos que contenían cerca de nueve millones de dólares. Luego quedó también alcanzado por la causa Vialidad. Pocas imágenes fueron tan pedagógicas para la sociedad argentina como aquella madrugada de convento, bolsos y dólares.

Romina Picolotti, exsecretaria de Ambiente, fue condenada a tres años de prisión en suspenso por administración fraudulenta agravada, por el uso irregular de fondos públicos para gastos personales y familiares. En 2025, la Corte dejó firme esa condena.

Armando Gostanián, expresidente de la Casa de Moneda durante el menemismo, fue condenado a cinco años de prisión por peculado en una causa por sobreprecios en compras a una empresa alemana. Además, se ordenó el decomiso de dinero vinculado a la maniobra.

Julio De Vido, exministro de Planificación Federal, registra condenas en distintas causas, entre ellas la vinculada a irregularidades en la compra de trenes y, más recientemente, la causa por adquisición de gas natural licuado. Algunas sentencias todavía tuvieron o tienen recorridos de revisión, lo que obliga a no tratarlas todas como condenas firmes definitivas.

 

El dato político no está en quién cayó, sino en cuántos no llegaron nunca

La lista existe. No es cierto que no haya condenados. Pero el número es bajo frente a la escala del problema, frente a la cantidad de gobiernos, áreas sensibles, privatizaciones, obra pública, transporte, energía, organismos descentralizados, empresas estatales, fondos fiduciarios, subsidios, contrataciones directas y estructuras opacas que atravesaron cuatro décadas de democracia.

La pregunta incómoda no es si hubo corrupción. La pregunta incómoda es por qué el sistema judicial argentino suele necesitar diez, quince, veinte o treinta años para responder.

Y ahí aparecen dos hipótesis. La primera es absurda: Argentina sería uno de los países menos corruptos del mundo y, por lo tanto, casi no habría condenas porque casi no habría delitos. Esa hipótesis no resiste ni los rankings internacionales, ni la experiencia social, ni la historia reciente, ni la memoria pública.

La segunda es mucho más incómoda: Argentina tiene una justicia que funciona con enorme dificultad frente al poder. Una justicia que muchas veces investiga cuando el poder ya cambió de manos. Una justicia que acelera con el clima político favorable y duerme cuando el expediente toca intereses todavía vivos. Una justicia que condena, sí, pero tarde. Y cuando la condena llega tarde, también llega debilitada.

 

El expediente como arma y como coartada

El problema argentino no es solamente la corrupción. Es la administración política del tiempo judicial.

Un expediente puede ser una herramienta de verdad o una forma elegante de impunidad. Si se mueve a tiempo, ordena responsabilidades. Si duerme veinte años, se convierte en decoración institucional. Si se activa solo cuando el acusado perdió poder, ya no disciplina al poder: apenas castiga al cadáver político.

Por eso el sistema genera una doble perversión. Para los acusados, siempre queda la posibilidad de denunciar persecución. Para los denunciantes, siempre queda la sospecha de encubrimiento. Y para la sociedad, queda una sensación devastadora: nadie sabe si la Justicia está buscando la verdad o esperando el momento adecuado.

El resultado es una democracia enferma de sospecha. El ciudadano mira un fallo y no pregunta primero qué dice la prueba. Pregunta quién gobierna, quién cae, quién se beneficia, quién opera y por qué ahora. Ese es el daño institucional más profundo: cuando la Justicia pierde autoridad simbólica, aun sus sentencias verdaderas parecen parte de una pelea de facciones.

 

La impunidad también se escribe con demora

La Argentina no necesita inventar una teoría conspirativa para explicar su baja tasa de condenas. Le alcanza con mirar su propio funcionamiento: instrucciones eternas, recursos interminables, fueros, privilegios, pericias demoradas, organismos de control débiles, fiscales aislados, jueces temerosos o funcionales, defensas poderosas y un sistema procesal que suele ser más eficaz para discutir nulidades que para reconstruir el destino del dinero público.

La corrupción moderna no siempre deja un bolso en un convento. A veces deja una licitación direccionada, un fideicomiso opaco, un subsidio mal asignado, una consultoría ficticia, una obra que nunca termina, una emergencia eterna, una empresa amiga, un contrato fragmentado, una caja descentralizada o una firma puesta donde debía haber control.

 

La conclusión más dura

Entonces no. La baja cantidad de condenas no demuestra que Argentina sea un país con poca corrupción.

Demuestra algo peor: que la corrupción política, cuando toca al Poder Ejecutivo Nacional, se investiga mal, se investiga tarde o se investiga según la temperatura del poder.

Hay condenados, claro. Cristina Fernández de Kirchner, Amado Boudou, Felisa Miceli, María Julia Alsogaray, José López, Ricardo Jaime, Juan Pablo Schiavi, Romina Picolotti, Armando Gostanián y otros funcionarios muestran que el sistema alguna vez muerde.

Pero muerde poco.

Y, sobre todo, muerde tarde.

Una república seria no necesita esperar veinte años para saber si le robaron. No puede naturalizar que la verdad judicial llegue cuando el dinero ya desapareció, cuando la obra ya no se hizo, cuando el tren ya chocó, cuando los funcionarios ya envejecieron, cuando la sociedad ya se cansó y cuando la condena sirve más para escribir historia que para prevenir el próximo saqueo.

La democracia argentina no tiene un problema de falta de escándalos. Tiene un problema de falta de consecuencias.

Y un país sin consecuencias no es un país inocente. Es un país administrado por la demora.

Espacio Publicitario LV11

Te puede interesar

El gobernador Elías Suárez encabezó la apertura de la temporada turística 2026 en Las Termas de Río Hondo

El gobernador Elías Suárez encabezó la apertura de la temporada turística 2026 en Las Termas de Río Hondo

Güemes recibe a Quilmes con la urgencia de ganar y la transmisión exclusiva de Radio LV11

Güemes recibe a Quilmes con la urgencia de ganar y la transmisión exclusiva de Radio LV11

Cuando la realidad duele, aparece la noticia falopa

Cuando la realidad duele, aparece la noticia falopa

Santiago amaneció con un frío intenso de 2.6 grados pero el sol será el protagonista durante todo el domingo

Santiago amaneció con un frío intenso de 2.6 grados pero el sol será el protagonista durante todo el domingo