Llegan las diez de la noche y todavía quedan cosas pendientes. Una serie esperando, mensajes sin responder, tareas para mañana y esa sensación incómoda de que el día terminó antes de que pudiéramos terminar nosotros. Para muchos argentinos, tener tiempo libre y simplemente descansar empieza a sentirse como un lujo.
El pluriempleo, las obligaciones cotidianas, las agendas cada vez más cargadas y una cultura que premia estar permanentemente haciendo algo construyeron una paradoja: incluso cuando aparece un rato libre, muchas personas ya no saben —o no se permiten— disfrutarlo.
A eso se suma la vidriera permanente de las redes sociales. Trabajar, entrenar, comer saludable, mantener vínculos, cuidar la piel, leer, meditar, capacitarse y dormir ocho horas. Todo parece tener que entrar en las mismas 24 horas.
Y cuando no entra, aparece la sensación de estar fallando.
Vivir corriendo también tiene un costo
Cecilia Leiva, médica asociada al Servicio de Psiquiatría y especialista en trastornos de ansiedad del Hospital Italiano, explica que la sociedad actual funciona bajo una cultura que “premia la productividad y la inmediatez”.
Esa dinámica, sostiene, puede generar una percepción distorsionada: sentir permanentemente que el tiempo no alcanza.
El problema es que no queda únicamente en una sensación.
Según Leiva, correr de una tarea hacia otra mientras siempre queda algo pendiente mantiene activa la respuesta al estrés y puede favorecer síntomas como ansiedad, miedo, angustia, frustración, desesperanza y anhedonia, es decir, la dificultad para experimentar placer.
El psicólogo Juan David Jurado Lara, de DIM Centros de Salud, coincide en que vivir apurados puede afectar la concentración, el descanso, las relaciones personales y la capacidad de disfrutar el presente.
“Con el tiempo, el cuerpo y la mente permanecen en un estado de alerta que termina desgastando”, explica.
La hiperproductividad: cuando nunca parece suficiente
Pero hay otro componente menos visible: ya no alcanza con hacer; pareciera que también tenemos que demostrar que hicimos.
La psicóloga y profesora universitaria Carla Monteverde plantea que el problema no está necesariamente en que el día tenga pocas horas, sino en cómo comenzamos a medirlas.
“Pareciera que toda hora debe producir algo visible: un resultado, un aprendizaje, una respuesta, un avance”, explica.
Así, descansar puede empezar a interpretarse como desperdiciar tiempo.
Las redes sociales profundizan esa lógica. Siempre parece existir alguien que se levantó antes, entrenó más, terminó otro curso, viajó, cocinó saludable o cumplió una rutina perfecta antes de que nosotros hayamos terminado el desayuno.
Monteverde lo sintetiza con una frase contundente: “No hay escasez de tiempo. Hay inflación de expectativas. Intentamos hacer entrar, en veinticuatro horas, la vida de tres personas distintas”.
Cuando hasta descansar se convierte en una tarea
La contradicción llega al punto de trasladar la productividad al propio ocio.
El rato libre también empieza a llenarse de obligaciones: hay que aprovecharlo, entrenar, leer, aprender algo, organizar la casa o hacer alguna actividad que “sirva”.
La psicóloga Silvina Zecler, especialista en psicoanálisis, advierte que muchas personas asocian descansar con perder el tiempo o no estar haciendo algo suficientemente útil.
Y entonces aparece la culpa.
Para Zecler, el descanso y el tiempo de calidad, tanto en soledad como con seres queridos, son fundamentales para cuidar la salud mental.
“No todo momento tiene que tener un objetivo productivo ni todo aquello que hacemos necesita justificar su utilidad”, señala.
Recuperar el ocio, explica, también supone volver a permitirnos hacer cosas sin una finalidad concreta y sin esperar obtener algo a cambio de cada hora disponible.
El “piloto automático” de todos los días
Yanina Choroszczucha, creadora de Meditalo y profesora certificada de Mindfulness & Meditación, describe otra escena cada vez más cotidiana: llenar cada espacio disponible con una nueva actividad.
“No dejamos espacio entre una cosa y la otra”, plantea. Contestamos mensajes mientras hacemos otra tarea, caminamos pendientes del teléfono y pretendemos resolver varias cosas simultáneamente.
“La cuestión es que el día termina y nosotros terminamos con el día”, resume.
Frente a ese ritmo, prácticas como la meditación y el mindfulness comenzaron a ganar espacio como herramientas para intentar recuperar momentos de atención y descanso.
Más allá de cualquier método específico, la idea de fondo resulta mucho más sencilla: volver por unos minutos al presente sin sentir que necesariamente tenemos que producir algo.
“Me da culpa descansar”
Para muchas personas, el problema aparece justamente cuando finalmente no hay nada urgente que hacer.
La psicóloga Beatriz Goldberg, autora de Nunca es tarde. Cómo recalcular tu vida a cualquier edad, sostiene que existe una presión constante por cumplir simultáneamente en todos los roles: ser mejores profesionales, parejas, padres, amigos y personas.
Pero llegar a todo es imposible.
Por eso, Goldberg considera necesario desarrollar cierta tolerancia a la frustración y aceptar que no todos los objetivos pueden cumplirse al mismo tiempo ni con la misma intensidad.
Jurado Lara agrega otra idea: priorizarse ocasionalmente no significa actuar con egoísmo, sino proteger la salud mental y administrar de una manera más saludable las obligaciones.
Parar también es hacer algo
Quizás una de las trampas de esta época sea pensar que descansar es el tiempo que queda después de terminar todo.
Porque “todo” nunca termina.
Siempre habrá un correo para responder, una tarea pendiente, algo para ordenar, una notificación esperando o un objetivo nuevo que alcanzar.
Por eso, frente a agendas cada vez más exigentes, el descanso empieza a dejar de ser un premio para convertirse en una necesidad física y emocional.
En una sociedad acostumbrada a preguntar cuánto hicimos durante el día, recuperar el tiempo libre también implica aceptar algo mucho más sencillo: no todas las horas de nuestra vida tienen que demostrar que fueron productivas para haber valido la pena.






