El devastador terremoto de magnitud 7,4 que sacudió a Colombia reavivó la atención sobre el Anillo de Fuego del Pacífico. El sismo provocó más de 130 muertos y 570 heridos, afectando con severidad a ciudades como Pereira por su cercanía al epicentro en San José del Palmar (Chocó). Esta franja de 40.000 kilómetros bordea el océano Pacífico, atraviesa más de 15 países y concentra el 90% de los terremotos y más del 75% de los volcanes activos de todo el planeta.
La extrema actividad telúrica de la zona responde al movimiento constante de inmensas placas tectónicas, entre las que destacan la del Pacífico, Nazca, Cocos y Norteamericana. Cuando estas masas de la corteza terrestre colisionan, suele producirse un proceso de subducción, en el cual una placa se desliza por debajo de la otra. La energía que se acumula durante ese desplazamiento lento pero incesante se libera de manera brusca, generando sismos de gran magnitud, tsunamis o erupciones.

Esta megastructura geológica ha sido el escenario de las mayores catástrofes sísmicas de la historia reciente, entre las que se cuentan los megaterremotos de Chile en 1960 y 2010, el de Alaska en 1964 y el de Japón en 2011. Aunque es la región más inestable del globo, los especialistas aclaran que los eventos no están conectados en cadena: cada terremoto responde exclusivamente a las condiciones y presiones particulares de su propia falla local.
De forma paralela al sismo en el Chocó, el volcán Puracé en el departamento del Cauca registró la emisión de cenizas, obligando a suspender operaciones en el aeropuerto de Popayán. Sin embargo, el Servicio Geológico Colombiano confirmó que el movimiento telúrico y la reactivación volcánica son procesos independientes, ratificando la gran complejidad y diversidad geológica que caracteriza a la región.






