El telescopio espacial Neil Gehrels Swift de la NASA se prepara para regresar a la Tierra de manera descontrolada, después de más de dos décadas de actividad en el espacio. La posibilidad de que algunos de sus componentes sobrevivan al ingreso en la atmósfera despertó interrogantes sobre el lugar donde podrían caer los restos y los riesgos que representarían para la población.
El observatorio, lanzado en 2004, fue diseñado para estudiar fenómenos astronómicos de alta energía, especialmente los estallidos de rayos gamma, considerados entre los acontecimientos más intensos del universo.
Sin embargo, tras años de funcionamiento, la pérdida progresiva de altura de su órbita puso en riesgo su permanencia en el espacio.
Según la información difundida, la agencia espacial estadounidense intentó desarrollar una misión robótica para elevarlo a una órbita más alta y prolongar su vida útil, pero el operativo no logró concretarse.
En agosto, la NASA dio por terminado ese intento de recuperación, lo que dejó al telescopio encaminado hacia un eventual reingreso atmosférico sin control.
Aunque se anticipa que la mayor parte de su estructura se desintegrará por las elevadas temperaturas, los especialistas no descartan que algunos materiales resistentes puedan alcanzar la superficie terrestre.
¿Dónde podrían caer los restos del telescopio Swift?
Una de las principales incógnitas es determinar el punto donde podrían impactar los fragmentos que sobrevivan al paso por la atmósfera.
Por el momento, no existe una ubicación exacta confirmada para la caída.
El ingeniero aeroespacial Dean Sladen, de la empresa Accu Components, explicó que la trayectoria orbital del telescopio atraviesa una franja próxima al Ecuador, que incluye grandes extensiones oceánicas y determinadas regiones continentales.
De acuerdo con el especialista, las zonas potencialmente comprendidas en esa trayectoria incluyen sectores de África, el sur y sureste de Asia y América Latina.
Sin embargo, esto no significa que los restos necesariamente vayan a caer sobre alguno de esos territorios.
La mayor parte de la superficie terrestre está cubierta por agua, por lo que existe una probabilidad considerable de que cualquier fragmento superviviente termine en el océano.
Además, la ubicación definitiva dependerá de factores como la evolución de la órbita, las condiciones atmosféricas y el momento preciso del reingreso.
El especialista Darren McKnight, de la empresa LeoLabs, dedicada al seguimiento de objetos en órbita, también señaló que algunos componentes internos podrían resistir las temperaturas extremas y alcanzar la superficie.
No obstante, ambos expertos coincidieron en que la mayor parte del telescopio se destruiría durante el descenso.
¿Existe peligro para las personas?
Pese a las características del reingreso, los especialistas consideran que el riesgo de que una persona resulte herida es bajo.
La explicación está relacionada con la composición del observatorio y las condiciones físicas que experimentará al atravesar las capas más densas de la atmósfera.
Gran parte de la estructura de Swift está fabricada con aluminio y contiene numerosos componentes electrónicos.
Estos materiales pueden fundirse o desintegrarse debido al intenso calentamiento que se produce durante el reingreso.
En cambio, algunas piezas más pequeñas, densas y resistentes al calor podrían sobrevivir.
Entre los materiales que presentan mayores posibilidades de llegar a la superficie se encuentran el titanio, determinados tipos de acero y el vidrio.
La NASA señaló, según la información difundida, que es poco probable que el episodio provoque daños personales, ya que la mayor parte de la nave se destruiría antes de llegar al suelo.
El escenario más probable es que los posibles restos terminen en el mar o en zonas deshabitadas.
De todas maneras, los especialistas continúan prestando atención a la trayectoria del telescopio para comprender mejor cómo evolucionará su descenso.
Un problema creciente por la cantidad de satélites en órbita
Más allá del caso particular de Swift, el regreso de objetos espaciales a la Tierra representa un desafío cada vez más importante para las agencias y empresas del sector.
El incremento de lanzamientos de satélites durante los últimos años también aumentó la cantidad de dispositivos que, al finalizar su vida útil, deben abandonar sus órbitas.
Algunos cuentan con sistemas que permiten dirigir su reingreso hacia zonas previamente seleccionadas, mientras que otros dependen de la pérdida natural de altura.
En estos últimos casos, determinar con anticipación el lugar exacto de caída resulta especialmente complejo.
Sladen advirtió que la preocupación principal no está necesariamente relacionada con un episodio aislado, sino con el crecimiento sostenido de las reentradas no controladas.
“La verdadera preocupación es la tendencia a largo plazo. Dado que se están lanzando más satélites que nunca, el número de reentradas incontroladas está aumentando”, explicó.
En ese sentido, consideró fundamental avanzar en el diseño de vehículos espaciales que puedan retirarse de órbita de manera segura al finalizar sus misiones.
El caso del Neil Gehrels Swift, que lleva más de dos décadas en el espacio, vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de mejorar los mecanismos de seguimiento y eliminación de los objetos que ya no pueden permanecer operativos.
Por ahora, la ubicación exacta de su eventual caída continúa siendo incierta, aunque las estimaciones mencionadas por los especialistas indican que la probabilidad de daños a personas sería reducida.






