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Hasta siempre Chuchú

06/04/2026

Un profesional íntegro que estuvo siempre del lado de los que más necesitan.

Por José María Cantos

Hay personas que pasan por la vida dejando recuerdos. Y hay otras, muy pocas, que dejan algo más hondo: una marca moral, una forma de estar, una lección silenciosa de afecto, lealtad y humanidad. Para nuestra familia, Benjamín Coria —nuestro querido “Chuchú”— fue exactamente eso.

No fue solamente un médico respetado, ni un hombre público de extensa trayectoria, ni un profesional al que Santiago del Estero reconoció por su vocación de servicio. Para nosotros fue, antes que nada, un amigo de la casa. Un hombre de esos que ya no se fabrican. De esos que llegan a la vida de una familia y dejan de ser visita para convertirse en parte de su historia.

Chuchú estuvo cerca desde la juventud. Desde aquellos años en que la amistad todavía se construía sin cálculo, cuando el afecto valía por sí mismo y la palabra empeñada tenía la fuerza de un contrato del alma. Desde entonces caminó junto a la familia con una fidelidad conmovedora, sin estridencias, sin exhibiciones, sin necesidad de ocupar el centro de nada. Estuvo siempre. Y a veces, en la vida, estar siempre es la forma más perfecta del amor.

Hay hombres que hacen de la cercanía una ceremonia. Chuchú la hacía sencilla. Tenía esa virtud rara de los verdaderamente grandes: no necesitaba parecer importante. Lo era. Pero no por los títulos, ni por los cargos, ni por el prestigio ganado a lo largo de los años. Lo era por el modo en que miraba a los otros, por la calidez de su trato, por la serenidad de su presencia, por esa mezcla de nobleza y discreción que solo poseen quienes entienden que la verdadera estatura de una persona no se mide en lo que consigue, sino en el bien que deja.

En tiempos en que tantas relaciones se vuelven utilitarias, efímeras o interesadas, la amistad de Chuchú con nuestra familia fue una de esas certezas limpias que honran la vida. Fue compañía en los días buenos, cuando la mesa reunía risas, proyectos y celebraciones. Pero también fue presencia en los días difíciles, cuando el dolor baja el volumen de todo y lo único que importa es saber quién permanece. Y él permanecía. Siempre.

Quizás por eso su partida duele de una manera tan íntima. Porque no se ha ido solo un hombre apreciado. Se ha ido una parte entrañable de nuestra memoria. Se ha ido una voz familiar. Se ha ido un rostro querido de esos que uno supone, en el fondo, que deberían quedarse para siempre. Se ha ido alguien que conocía nuestros afectos, nuestras luchas, nuestras alegrías y nuestras tristezas. Alguien que no necesitaba explicaciones para entender. Alguien que era confianza.

Los médicos suelen ser recordados por sus diagnósticos, por sus aciertos, por sus servicios, por los cargos que ocuparon. Chuchú merece ser recordado también por algo más difícil de alcanzar: por su calidad humana. Porque curar no siempre consiste solamente en aplicar conocimiento. A veces curar también es escuchar, acompañar, sostener, transmitir calma. Y él tenía esa humanidad que no se aprende en ninguna facultad. La traía consigo. Le nacía.

Hoy, cuando la noticia de su muerte nos sacude, no podemos dejar de pensar en el privilegio de haberlo tenido cerca durante tantos años. En la dicha silenciosa de haber compartido con él la trama de la vida. En todo lo que representó sin necesidad de decirlo. En todo lo que dio sin llevar cuenta. En todo lo que significó con la naturalidad de los afectos verdaderos.

La muerte tiene esa crueldad inevitable: nos arrebata la presencia, pero no puede tocar la huella. Y Chuchú deja una huella inmensa. No solo en quienes lo conocieron como médico o servidor público, sino en quienes lo quisimos desde el lugar más puro y más irreemplazable: el de la amistad entrañable.

Esta familia lo despide con tristeza, sí, pero también con gratitud. Gratitud por su vida. Gratitud por su lealtad. Gratitud por tantos años de afecto sincero. Gratitud por haber sido ese amigo que honra una casa con solo cruzar la puerta.

Hay ausencias que hacen ruido. Y hay otras que dejan un silencio devastador. La de Chuchú pertenece a estas últimas. Porque cuando se va un hombre bueno de verdad, no muere solamente una persona: se apaga una forma noble de habitar el mundo.

Pero acaso ahí resida también su victoria sobre el tiempo. En que seguirá viviendo en la memoria de quienes lo amaron, en las conversaciones donde su nombre vuelva a aparecer con fuerza, en los recuerdos que todavía lo sienten sentado a la mesa, en el afecto agradecido de Hasta siempre, querido Chuchú. Gracias por tanto. Gracias por todo. En esta hora triste, nuestra familia no despide solo a un amigo. Despide a uno de los suyos.

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