Durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, la cúpula de la iglesia de San Joaquín, ubicada en la ciudad de Roma, funcionó como refugio clandestino para 35 personas perseguidas por las Fuerzas Armadas del régimen nazi. El grupo permaneció oculto entre octubre de 1943 y junio de 1944, en un espacio sellado que carecía de agua corriente, luz natural y sistemas de calefacción.
La preparación del escondite comenzó tras la redada del 16 de octubre de 1943, fecha en la que tropas alemanas irrumpieron en el gueto judío de la capital italiana y detuvieron a más de mil personas, quienes posteriormente fueron deportadas al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.
La logística del refugio clandestino
Frente a la intensificación de las persecuciones, la comunidad de sacerdotes redentoristas de San Joaquín resolvió acondicionar un sector de la estructura edilicia de difícil acceso para las inspecciones militares. La iniciativa fue proyectada por el ingeniero Pietro Lestini, quien conocía la arquitectura del templo y diseñó la estrategia de resguardo.
El ingreso de los refugiados se concretó el 25 de octubre de 1943. Para evitar hallazgos durante los patrullajes alemanes, los religiosos tapiaron el acceso principal con ladrillos y cemento, organizando de forma paralela una red nocturna de provisión de víveres y asistencia básica.
Identidades protegidas y supervivencia
Entre los integrantes del grupo resguardado se encontraba el abogado antifascista Enrico Molé, a quien los sacerdotes le facilitaron indumentaria eclesiástica y documentación falsa bajo el nombre de padre Conca para evitar su captura en caso de requisas.
El encierro se prolongó por más de siete meses, hasta la entrada de las fuerzas aliadas a la capital italiana en junio de 1944, episodio que permitió la liberación y supervivencia de la totalidad de los refugiados en el templo.






