Lo ocurrido en las inmediaciones de la cancha de Agua y Energía no admite zonas grises. Un joven de 22 años lucha por su vida después de recibir un disparo en la cabeza. Ese es el dato central. Todo lo demás es secundario.
Por eso resulta llamativo que la principal preocupación institucional parezca ser explicar dónde ocurrieron los hechos y no la gravedad de lo sucedido.
Cuando un partido termina y a pocos metros del estadio se producen enfrentamientos, corridas, disparos y un joven termina internado en estado crítico, la discusión no puede reducirse a si el incidente ocurrió dentro o fuera de una pared, de un alambrado o de una jurisdicción formal.
Esa es una mirada pequeña para un problema enorme.
Los clubes no son solamente una cancha. Son una referencia social. Son una comunidad. Son un espacio que convoca cientos de personas. Y cuando alrededor de un evento deportivo se genera un escenario de violencia extrema, la obligación moral de la institución no es despegarse. Es involucrarse.
Nadie está diciendo que el club haya disparado un arma. Nadie está afirmando que dirigentes o jugadores sean responsables de la agresión. Lo que se cuestiona es otra cosa: la desesperación por construir una distancia artificial con un hecho que conmociona a toda La Banda.
Porque mientras un joven pelea por sobrevivir, la sociedad espera empatía, preocupación y autocrítica. No una estrategia defensiva.
La pregunta que debería hacerse cualquier institución seria no es cómo evitar quedar asociada a la noticia. La pregunta debería ser cómo evitar que algo así vuelva a ocurrir.
La violencia alrededor del fútbol viene dejando señales desde hace años. Negarlas, relativizarlas o esconderlas detrás de un comunicado no las hace desaparecer.
Cuando hay tiros, heridos graves y familias destruidas, el problema ya no es de una calle determinada. Es de toda la comunidad.
Y las instituciones que forman parte de esa comunidad tienen la obligación de asumir un rol activo.
Porque un joven con una bala en la cabeza merece algo más que un comunicado defensivo.
Merece verdad.
Merece justicia.
Y merece que nadie intente mirar para otro lado.







